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A Horse with no Name

Marzo 24, 2008

He leído varios libros últimamente. Quiero decir que he terminado varios de los libros que tenía empezados. Algunos eran relecturas (es el caso del Juan de Mairena de Machado, al que le dedicaré un ECQ en breve, y cuya lectura ha sido, si no recuerdo mal, la tercera completa que hago); otros han sido, en parte continuaciones: es el caso del segundo volumen de la trilogía His Dark Materials de Philip Pullman, titulado The Subtle Knife. Otros, por último, han sido lecturas sobrevenidas de manera imprevista, como en el caso de En el Estanque, de Ha Jin, y The Road de Cormac McCarthy.

Ya he dicho que de Machado me ocuparé otro día, puesto que es un tema demasiado complejo como para abordarlo así, después de comer y de carrerilla.

Acerca de The Subtle Knife hay un par de cosillas que quisiera decir. Primero: NO es el libro que yo esperaba. En absoluto. Pullman ha conseguido hacer pasar por literatura fantástica y juvenil fácilmente bestsellerable una obra compleja y sutil, escrita con gran inteligencia. Si el tercer volumen no me defrauda, esta trilogía será parte fundamental de la bibliografía que recomiende a todos los chavales de doce o trece años en adelante que tengan la desgracia de tenerme como profesor. No quisiera desvelar nada relevante del argumento a quien no conozca la historia que se narra en His Dark Materials (que, como ya dije, se ha vertido en castellano, por cuestiones comerciales, con títulos que difieren notablemente del original: aquí se titula La Materia Oscura y su primer volumen, que debiera haberse titulado Las Luces del Norte, se ha traducido como La Brújula Dorada), pero es una historia de esas que requieren una buena dosis de autoconfianza por parte del autor en sus capacidades. No diré más, de momento, porque me queda aún un volumen. Cuando lo lea podré emitir un juicio más completo: de momento sólo diré que, para mi sorpresa, me está gustando mucho.

Por consejo de Paula leí, de una sentada, En el Estanque, de Ha Jin. Se trata de una novela divertida y bien resuelta que hace gala de una virtud siempre reseñable en un escritor: es implacable con sus personajes y domina el uso de la ironía. Al cerrar el libro tras haber leído la última página uno ve claramente cómo el autor ha sabido construir un protagonista que, de manera convincente y justificada, ha conseguido engañarse durante toda la historia y, quizás, ha conseguido engañar a ratos al lector. De manera excepcional, a veces puede incluso pensarse que ha sabido engañar al propio narrador. Pero todos sus engaños se revelan y se condensan en el acertado título. Una buena novela.

Hace poco, cuando estaba en mitad de la lectura de The Road, de McCarthy, me pudo el afán de compartir y lo recomendé a todo aquel que quisiera escucharme. Al volver de vacaciones me he encontrado con que Albiol, para mi sorpresa (bueno, seamos justos… Albiol a veces me hace caso con rapidez, aunque ignore mi consejo habitualmente, casi siempre por falta de tiempo u olvido), para mi sorpresa –decía- lo ha leído e, incluso, le ha dedicado una reseña en su blog.

Después de haberlo terminado hay un par de cosas que quisiera matizar en lo que él ha dicho. La primera es que, personalmente, le he prestado menos atención al contenido… teológico, por llamarlo de alguna manera, que él. Yo no lo he considerado tan específicamente presente. Y, si bien es cierto que las analogías son pertinentes, no creo que resulten tan entorpecedoras, ni creo que McCarthy haya pretendido abordar el tema de manera especialmente profunda.

Por otra parte, es cierto que el final resulta demasiado… esperanzador. Yo recomendé el libro sin haberlo terminado y, aunque eso no me hubiese impedido hacerlo, es verdad que lo hubiese hecho con alguna reserva. Albiol y yo ya discutimos una vez acerca de los finales esperanzadores en este tipo de historias (precisamente a propósito de la película Hijos de los Hombres, que él cita en su reseña)… Es cierto que no resulta del todo convincente, ni satisfactorio, pero quizás es el precio a pagar por la desolación del resto de la obra. Yo jamás la hubiese acabado como McCarthy lo hace, pero entiendo que es cuestión de afinidad ideológica y no de mérito literario.

Pero si hay algo con lo que no estoy de acuerdo esta vez con Albiol (y no suele esto suceder a menudo!) es con su reiterada definición de The Road como obrita. Sé que Albiol habrá manejado la traducción castellana y desconozco su calidad, pero si algo puede decirse de The Road es que está escrita en una prosa totalmente sublime; McCarthy, por poner una comparación que tú mismo, camarada Albiol, haces en tu reseña, es mil veces mejor prosista que el mejor Auster. Su inglés es afilado hasta cortar, pulcro, brillante y de una elegancia como no he visto en mucho, mucho tiempo. Quizás por eso no hemos apreciado esta vez la obra de la misma manera: yo sólo puedo decir que he visto pocos autores que escriban tan bien y tan elegantemente como lo hace McCarthy en The Road, quizás por eso no me he centrado tanto en los otros aspectos del libro. Me he dejado maravillar por la  letra y el espíritu ha ido entrando solito.

Por lo demás, hagan caso –igual que hago yo mismo- a Albiol en todo lo que diga: es un hombre sabio cuyo juicio suele ser infalible excepto cuando se pronuncia sobre música contemporánea, asunto éste en que patina miserablemente.

 

Tras esta merecida laudatio al camarada Albiol, me despido.

El próximo día, más cositas.

Ya llueve menos

Febrero 19, 2008

Hace no mucho comenté (eso creo recordar…) por estos lares que había empezado a leer Las Tribulaciones del Estudiante Torless, de Robert Musil. Leí las primeras cuarenta o cincuenta páginas de un tirón y no me gustó demasiado. No entendía qué interés tenía la obra. Lo dejé aparcado durante un tiempo. Durante un par de días conseguí abrirme camino hasta la página ochenta, más o menos: el tedio resultaba insoportable. Aquello era un ejercicio de aburrimiento y de desorientación. Ni un sólo párrafo interesante, ni un personaje que mereciese la pena. Las tribulaciones eran obviables y Törless insignificante.

Y hoy, de pronto… poco antes de alcanzar el primer centenar de páginas, cuando todo estaba ya dado por perdido, la novela ha despegado y me ha dejado boquiabierto: no he podido parar hasta terminarla. ¡Menudo ejercicio de construcción y de evolución de un personaje! Cuán maravillosamente narrado está todo, con qué exquisitez de lenguaje y ritmo, aun en la traducción castellana. Un libro fantástico, demoledor, intenso, profundo, tenebroso, iluminador… He tenido esa sensación que uno no puede evitar tener cuando lee a un escritor con mayúsculas, a un maestro de la literatura. Me parece inconcebible que de la misma pluma que firmó el primer centenar de folios hayan salido estas segundas cien páginas (es una novela realmente corta -206 páginas en la edición de Seix Barral-). Pero, en cualquier caso, nada importa: podrían haber sido cuatrocientas páginas abominables, aún así hubiese merecido la pena tragar carros y carretas para poder disfrutar del despliegue de maestría de Musil.

Esta novela ha pasado a formar parte, de inmediato, de mi lista de clásicos (será un Top… no sabría; un Top10 es demasiado poco -no puedo elegir sólo diez libros-… diremos un Top50). Ahora ya sí que no puedo resistir la idea de hacerme con El Hombre sin Atributos: si es mejor que Las Tribulaciones voy a ser un lector muy feliz dentro de muy poco.

 

Qué demonios… Musil es tan bueno que, en vez de quitarme las ganas de escribir, me las ha devuelto!

 

Otro gran autor a la lista.

Qué maravilloso es seguir descubriendo libros buenos, libros necesarios, libros que hacen saber que no todo está perdido.

If animal trapped inside, please call…

Enero 13, 2008

El año pasado perdí mi oportunidad (por poco), pero por fin he podido hacerme con el cofre que contiene las nueve temporadas de Expediente X. No es la mejor serie de todos los tiempos (de eso voy a hablar dentro de un rato), pero lo mismo da. Qué gozada poder ver los capítulos en orden, sin publicidad y en versión original! Menudos meses de nerdismo freak que me esperan… Es una de esas series con las que, simplemente, disfrutas un buen rato en cada capítulo (aunque ya sé que tiene temporadas mejores y peores, y capítulos espantosos, pero son los menos…). Desde luego, la culpa de todo es de David Lynch: sin Twin Peaks, no habría habido X Files, evidentemente. Y el aroma inconfundible de la serie de Chris Carter se respira de manera tan evidente en leyendas de juventud como los dos primeros Resident Evil, o en Silent Hill 2 que resulta para mí más una evocación general de un estado de ánimo particular que el mero visionado de una buena serie: ver Expediente X es un poco como recordar la primera vez que leí La Sombra sobre Innsmouth o Los Perros de Tindalos. Me dejo llevar por la credulidad y me lo paso como un crío otra vez.

La semana pasada comenzó la emisión de la quinta y última temporada de la que ha sido, hasta el momento, no sólo la mejor serie de la historia de la televisión, sino lo mejor que le ha pasado a la narrativa de ficción en los últimos años: The Wire. No hay modo ni manera de que pueda explicar porqué es TAN TAN buena. Sólo diré que, de entre las muchas horas de gloria fílmica que le debemos a la HBO (con The Sopranos y Six Feet Under a la cabeza), nada puede acercarse a la perfección formal, estructural, narrativa e interpretativa de esta serie. The Wire es una de las mejores experiencias que como espectador he tenido en mi vida. La pongo sin problemas a la altura de El Padrino, Ciudadano Kane, La Delgada Línea Roja, Blade Runner, Pulp Fiction, la trilogía Azul Blanco Rojo de Kieslowski, Stalker o Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Primavera (son las primeras que me han venido a la cabeza), si no por encima. La profundidad de sus personajes, lo excelso de sus interpretaciones, la honestidad de sus planteamientos, la perfección de su ejecución, lo implacable de su desarrollo, la capacidad para no caer jamás en tópicos ni en lugares manidamente visitados por todo el mundo, la elegancia de los guiones, el incansable respeto por la inteligencia de su público. No hay absolutamente nada que se le pueda achacar como defecto a este ejercicio de virtud cinematográfica y, en general, artística(en el sentido etimológico de la palabra virtus, en el sentido spinoziano/maquiavélico del término).

Por supuesto, un producto de tan alta calidad no tiene cabida en la televisión de este país, por lo que ni siquiera se ha emitido un solo capítulo de The Wire en España. Hay que recurrir a Internet o a la compra de DVDs en edición internacional. Eso, contra lo que pueda parecer, es una fortuna, pues preserva algo que creo que hace única a esta serie y que no he mencionado en concreto aún: es fundamental ver esta serie en con su sonido original. Los doblajes de esta serie deberían estar prohibidos, pues no conozco serie alguna que se apoye tanto en el uso concreto y específico del lenguaje como lo hace The Wire. La lengua en The Wire es tan absolutamente determinante como en un poema de Hölderlin o una obra de Shakespeare, Joyce o Cortázar. Tratar de traducirlo sería sin duda asesinar el texto. Por eso, aunque la trama y los diálogos se sigan a través de subtítulos (la serie ha tenido problemas de comprensión incluso en USA; mucha gente no entiende lo que los personajes dicen), es necesario escuchar al elenco de The Wire entregar el texto y sus frases como lo hacen. Yo he defendido en mil y un ocasiones la necesariedad de ver siempre que sea posible las películas en versión original (con o sin subtítulos en función de la competencia que se tenga en el idioma concreto en que estén rodadas), pero en este caso mi vehemencia no puede ser mayor.

Os aseguro que nada mejor que The Wire puede pasar por vuestras pantallas. No dejéis de verla.

David Simon es, en gran medida, el creador de The Wire y podéis leer, si os interesa, o si no encontráis la manera de ver la serie, el libro que la inspiró. Es obra del mismo Simon y lleva por título Homicide: A Year in the Killing Streets. Es una auténtica gozada: fruto del trabajo de investigación de Simon como periodista incrustado en la unidad de homicidios de la policía de Baltimore (Maryland), durante un año -cuando éste trabajaba para el Baltimore Sun-, es la crónica de la vida diaria de los miembros de la unidad, además de un implacable análisis de la realidad de la vida en la ciudad media estadounidense. Un libro periodística, narrativa, antropológica y sociológicamente fascinante.

Guionista habitual de la serie y también productor, George Pelecanos es autor de uno de los libros que he leído recientemente: The Night Gardener. No tan bueno como Simon, pero un buen escritor, y ésta última obra suya es sin duda una buena novela que recomiendo a todos.

También he leído, regalo de navidad de mi madre, Decidme cómo es un Arbol, autobiografía (o, más bien, habría que decir memorias) del poeta Marcos Ana, preso político por veintitrés años durante la dictadura fascista de Franco. Un libro sin duda muy honesto, cuyas primeras doscientas páginas son muy recomendables aunque, lamentablemente, pierde interés conforme se acerca a su tramo final.

Estoy acabando Un Trabajo muy Sucio, de Christopher Moore. Una novela de humor negro, suficientemente divertida, suficientemente bien escrita y, desde luego, una lectura muy amena. Como Paula me dijo: “está bien, pero es que me acabo de terminar uno de Kawabata y, claro… Le falta sustancia.” Pues eso mismo.

No puedo dejar pasar la ocasión de recomendar a todo el que lea esto que aproveche para completar su biblioteca con los dos tomos (el segundo acaba de salir) que recogen la narrativa completa de Lovecraft, en la colección Gótica de la editorial Valdemar. Una gozada para los amantes de este tipo rarito y en ocasiones genial.

Estoy sumergido ahora en la lectura de La Educación Sentimental, aunque la traducción (la de Germán Palacios publicada por Cátedra Letras Universales) no me termina de convencer. Iré dando impresiones conforme avance más (aunque ya puedo comenzar diciendo que es Flaubert, quiero decir: joder, ES FLAUBERT -hace tiempo que no leía nada suyo y casi había olvidado lo bueno que es-).

También estoy con otro francés, Georges Duby, especialista en el arte y la sociedad de la edad media, a quien conocí -literariamente hablando- gracias a mi compañero de viajes helénicos Dani Nekaipán. Ahora estoy con un maravilloso estudio que publicó en los años setenta del pasado siglo: La Época de las Catedrales, publicado en Cátedra Grandes Temas. Es una pasada. Duby, como LeGoff, es un autor magnífico para descubrir la edad media y todas sus muy sutiles complejidades (recomiendo también otra obra suya: La Europa del año Mil). Si sus obras se acompañan (Paula es valiosísima fuente para ello) de estudios como los de Bango acerca del románico o con álbumes como Arquitectura de la Edad Media (Editorial Feierabend), entonces la lectura se vuelve delicia. Añádase una ración diaria de Las Claves del Románico (L-V, 11:15h., en La2), con el maestro Peridis y ya está todo hecho.

Me dejo cosas en el tintero, pero por hoy ya he dicho más que suficiente.

 

Otro día, más cositas.

At midnight, all the agents…

Diciembre 10, 2007

Aunque mi amor por los libros apenas conozca límites, suelo abominar de los programas literarios que se emiten por televisión. Seguramente esto tenga más que ver con ciertos lugares comunes acerca de qué y cómo deben ser estos programas que con sus contenidos reales: en televisión, inexplicablemente, se suele tratar de conseguir que los espacios acerca de libros resulten plomizos o banales. Y si tales resultados no son fruto de un esfuerzo dedicado y consciente, entonces es que algo no termina de cuajar adecuadamente en las cabezas de quienes eligen el formato y los contenidos.

Estravagario no era un mal programa, pero resultaba aburrido (excesiva duración) y derivaba habitualmente hacia el otro gran defecto que los programas literarios en televisión tienden a albergar: el pedantismo gafapastoso. Es cierto que era de agradecer un pequeño reducto de cultura respetable en TV, pero tampoco era para tanto.

Negro sobre Blanco (ahora transplantado, bajo otro nombre, a Telemadrid) estaba en la otra punta del espectro: no era aburrido, pero más bien porque lo irritante y molesto no puede llegar a causar la indiferencia asociada al tedio. Albiol y Paula han sufrido -aunque no siempre en silencio- las consecuencias funestas (muchos posts de mi difunto blog nacieron de la indignación ante estupideces vertidas en aquel programa) de haberme expuesto voluntariamente a las maléficas radiaciones de ese perfecto imbécil que es Fernando Sánchez Dragó. Un escritor mediocre metido a sabelotodo, metomentodo y opinador profesional acerca de cuyas peculiares idiosincrasias voy a preferir no pronunciarme por extenso. Diré apenas que es un sofista de la más baja ralea, y quedaré satisfecho con ello. El programa, por lo demás, resultaba engreído, insultante y siempre rebosaba (a partes iguales) pereza intelectual, endogamia amiguil y cierto olor a tocino rancio (un poco como si fuese una versión literaria del programa de Garci…). Mala cosa, la verdad. Sin embargo, he de reconocer que en multitud de ocasiones me lo tragué entero, como quien admite con vergüenza que no puede evitar pararse a echar un vistazo a los restos de un accidente.

Digo todo esto porque ayer pude disfrutar del nuevo espacio literario de La2 (Página2). Es un programa breve, pero intenso. Trata de alejarse de todos los pesados tópicos que lastran tradicionalmente a este tipo de programas y hace lo que tiene que hacer: informar y entretener a partes iguales. No aburre, no resulta pretencioso y no se mete en camisas de once varas. Media hora semanal de actualidad y breves reportajes acerca de libros, una entrevista en varias partes con algún autor y una edición cuidada acompañada de un presentador agradable que irradia buen humor e interés por la letra impresa. Así sí se hace un buen programa. Un formato inteligente que deja con ganas de más, programado a una hora decente (las 20:15h.) y que sigue la tradición de espacios televisivos de calidad que La2 lleva años regalándonos. Digamos que está mucho más cerca de Miradas2 o de Metrópolis que de Negro sobre Blanco, Qué grande es el cine o aquél otro plomazo que -creo recordar- presentaba Juancho Armas Marcelo, cuyo título he olvidado ya.

Hace poco comenté aquí mismo mis primeras impresiones acerca del nuevo libro de Jose Luis Pardo. Mi lectura de Esto no es Música va más despacio de lo que quisiera. Tengo demasiados libros a medias y, además, mi Xbox360 acaba de volver de un exilio forzado por una avería, de modo que divido mi tiempo entre Paula, estudiar -aunque no mucho, no vayamos a engañarnos- para el CAP, leer (estoy sobre todo enfrascado con la inacabable aventura de leer los dieciséis tomos de Cerebus) y jugar al Mass Effect.

Mass Effect no es un juego perfecto, pero casi. Sospecho que la mayoría de las críticas duras que se le hacen tienen más que ver con lo que la gente erróneamente esperaba de él que con problemas reales del juego. ¿Defectos? Los menús son engorrosos. Digamos que es un juego que, en ocasiones, es muy poco user friendly.

Ya está. Yo no le he encontrado más fallos que éste y alguna que otra caída de framerate (también las tiene Oblivion y sigue siendo uno de los cuatro o cinco mejores juegos que he visto en mi vida) sin mayores consecuencias. Todo lo demás es una delicia para cualquier amante de los RPG y la ciencia-ficción: argumento, narración, banda sonora, combates, implicación emocional… Una auténtica gozada que me va a quitar muchas horas de sueño estudio y lectura estas navidades. Gallifante de Platino ex aequo junto con Bioshock y Portal, los otros dos juegos -en mi opinión- imprescindibles de este año que ya se va acabando.

Dentro de poco, puedo sentirlo ya, llegará la gran reorganización de la biblioteca (sé que lo digo a menudo, es importante para mí): para aquellos que hayáis leído Alta Fidelidad, o que hayáis disfrutado con su maravillosa adaptación cinematográfica, puedo decir que me sucede con mis libros lo mismo que a Rob Gordon con sus discos. Serán días de reencuentros literarios (muchos de mis libros están sepultados bajo capas de más libros) y eso es siempre motivo de alegría. Volveré a ver ciertos libros que había olvidado que tenía y seguro que eso me motivará a leer más y, quizá tambien, con suerte, a escribir.

Es un día soleado y frío. Un día perfecto para sentarse a escuchar a Van Morrison o a Otis Redding y leer y mirar por la ventana. Debería dejar de hacer el vago y seguir escribiendo, trabajar en los tres o cuatro proyectos literarios que siguen a medias después de tantos años…

Ya veremos qué me depara el día, quizás hoy sea capaz de sentarme a trabajar.

Hasta otra.

 

Toma una magdalena…

Diciembre 4, 2007

No diré de Javier Marías que sea el peor escritor en castellano con el que haya tenído que vérmelas, principalmente porque reconozco que no dispongo de una muestra de conjunto suficientemente amplia; no suelo leer literatura castellana, y menos aún literatura castellana contemporánea. De hecho, estoy plenamente convencido de que hay escritores peores que él: no me cabe duda de que cabestros como Juan Manuel de Prada (junto con toda su cohorte de fachuzos tristones) o moñas del corte de Arturo Pérez Reverte son, al menos, tan malos como Marías (eso sin entrar a hablar de Lucía Etxebarría et al.). Pero sí diré que es autor de la que -sin lugar a duda alguna- puedo decir que es la peor novela que he leído de principio a fin: Todas las Almas.

Me crucé con la narrativa de Marías, como supongo que les pasó a otros muchos, porque sus artículos semanales en El País, sin ser magistrales resultan entretenidos la mayoría de las veces. Sí, casi siempre algo pedantes y con tendencia a denotar que el autor está encantado de conocerse, pero habitualmente entretenidos. Así que mi madre me regaló un buen día Harán de mí un criminal (recopilación de artículos) y yo mismo me hice con un tomito dedicado a breves reseñas biobibliográficas de diversos escritores, bajo el no muy original título de Vidas Escritas. Ya que estaba, compré también una novela de Marías, por aquello de comprobar si también se defendía como narrador. La novela era Corazón tan blanco y me aburrió de tal modo que la dejé de lado enseguida. Aquello -pensé- era un coñazo inaguantable y nada justifica machacar de tal modo al lector. No le concedí mayor importancia y decidí, simplemente, olvidar que Marías se dedicaba también a la novela. Seguí leyendo sus artículos semanales regularmente.

El curso pasado, sin embargo, tuve la fortuna de asistir a un seminario de master dirigido por el profesor Jose Ignacio Díez Fernández, bajo el rótulo Del Texto a la Pantalla. Allí se analizaron textos castellanos de los que se hubiese hecho adaptación cinematográfica; Soldados de Salamina, de Javier Cercas fue el primero pero leímos, entre otros, la Vida de Teresa de Jesús o el omnipresente Quijote. Y también se analizó Todas las almas, de Marías (en el que se inspiró la también nauseabunda película, dirigida por Gracia Querejeta, El último viaje de Robert Rylands). De modo que, académicamente obligado a leer la novela de Marías entera, no tuve en esta ocasión la gozosa posibilidad de abandonar el tedioso relato de las insulsas -previsibles y faltas de todo interés- vivencias de un pintamonas, pretencioso, machista e imbécil profesor de español en Oxford. Así que me armé de regla y lápiz y me leí aquel despropósito, tratando de tomarlo como objeto de estudio y no de tortura intelectual.

No fue fácil. En condiciones normales no habría leído nunca más allá de las veinte o treinta páginas de semejante espanto. Valoro mucho el tiempo que dedico a leer porque sé que no tengo tiempo de leer todo lo que debería, todo lo que merece la pena ser leído: no se puede ir malgastando córnea con basura. Pero me sobrepuse y lo tomé como un reto personal (en gran medida porque sabía que mi fiel Albiol estaba ahí, en la trinchera literaria, sufriéndolo conmigo, aguantando aquel Stalingrado de aburrimiento e indignación; hicimos de la necesidad virtud y muchas risas y bromas nacieron de las torpezas y zafiedades de Todas las almas). Llegó el día en que pudimos destripar y despacharnos a gusto exponiendo en clase nuestras críticas a este libro que ni es novela ni es, en realidad, nada. Y fuimos relativamente felices al descubrir que no estábamos solos.

No pienso tomarme la molestia de volver a revisitar los apuntes y las notas que tomé durante la exasperante lectura de Todas las almas para publicarlos aquí y justificar mis juicios sobre la obra. Sería demasiado. En cambio, voy a tomarme la libertad de referir a quien pudiera estar interesado en una lectura crítica pero ecuánime de las obras de Marías a los abanderados de la crítica acompasada (método crrítico casi definitivo): los amigos de la fiera literaria. Aquí y aquí podréis encontrar excelentes ejercicios de crítica literaria de la obra de Marías, aunque recomiendo todos y cada uno de los artículos publicados en la página. La ventaja de su método crítico es que se basa, de un modo bastante wittgensteiniano, en mostrar las torpezas -expresivas, semánticas, estilísticas o intelectuales- de ciertos autores a quienes la crítica mainstream no hace más que encumbrar. No hay que estar de acuerdo con la fiera, sólo hay que abrir el libro por la página que indican, coger un lápiz, un diccionario, una gramática del castellano y asombrarse ante la ínfima calidad literaria e intelectual de multitud de obras que la crítica literaria generalista alaba sin cesar, obedeciendo sin duda a sus propios intereses comerciales.

Escribo todo esto porque estaba viendo CNN+ y me he encontrado con que Javier Marías fue entrevistado ayer en el programa Cara a Cara, con motivo de la publicación de su último coñazo libro, tercera y última parte de Tu rostro mañana. Si alguien tiene interés en adentrarse en el mundo literario de Javier Marías a raíz de haber visto esa entrevista, o por la enorme acumulación de premios que le avalan, o por la excelente acogida que los críticos siempre le dispensan, tómese el tiempo de visitar primero las páginas indicadas más arriba y decida luego. Sólo diré eso, pues quien avisa no es traidor.

Si alguien tiene interés, por el contrario, en leer una novela castellana contemporánea realmente buena, no puedo dejar de recomendar La Escala de los Mapas, de Belén Gopegui. Un libro maravillosamente bien escrito, profundo, hermoso e innovador. No se encuentran cosas mucho mejores que decir de una novela: un auténtico regalo para el paladar literario. Un debut inmejorable.

Otro día, más cositas y menos bilis.