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At midnight, all the agents…

Diciembre 10, 2007

Aunque mi amor por los libros apenas conozca límites, suelo abominar de los programas literarios que se emiten por televisión. Seguramente esto tenga más que ver con ciertos lugares comunes acerca de qué y cómo deben ser estos programas que con sus contenidos reales: en televisión, inexplicablemente, se suele tratar de conseguir que los espacios acerca de libros resulten plomizos o banales. Y si tales resultados no son fruto de un esfuerzo dedicado y consciente, entonces es que algo no termina de cuajar adecuadamente en las cabezas de quienes eligen el formato y los contenidos.

Estravagario no era un mal programa, pero resultaba aburrido (excesiva duración) y derivaba habitualmente hacia el otro gran defecto que los programas literarios en televisión tienden a albergar: el pedantismo gafapastoso. Es cierto que era de agradecer un pequeño reducto de cultura respetable en TV, pero tampoco era para tanto.

Negro sobre Blanco (ahora transplantado, bajo otro nombre, a Telemadrid) estaba en la otra punta del espectro: no era aburrido, pero más bien porque lo irritante y molesto no puede llegar a causar la indiferencia asociada al tedio. Albiol y Paula han sufrido -aunque no siempre en silencio- las consecuencias funestas (muchos posts de mi difunto blog nacieron de la indignación ante estupideces vertidas en aquel programa) de haberme expuesto voluntariamente a las maléficas radiaciones de ese perfecto imbécil que es Fernando Sánchez Dragó. Un escritor mediocre metido a sabelotodo, metomentodo y opinador profesional acerca de cuyas peculiares idiosincrasias voy a preferir no pronunciarme por extenso. Diré apenas que es un sofista de la más baja ralea, y quedaré satisfecho con ello. El programa, por lo demás, resultaba engreído, insultante y siempre rebosaba (a partes iguales) pereza intelectual, endogamia amiguil y cierto olor a tocino rancio (un poco como si fuese una versión literaria del programa de Garci…). Mala cosa, la verdad. Sin embargo, he de reconocer que en multitud de ocasiones me lo tragué entero, como quien admite con vergüenza que no puede evitar pararse a echar un vistazo a los restos de un accidente.

Digo todo esto porque ayer pude disfrutar del nuevo espacio literario de La2 (Página2). Es un programa breve, pero intenso. Trata de alejarse de todos los pesados tópicos que lastran tradicionalmente a este tipo de programas y hace lo que tiene que hacer: informar y entretener a partes iguales. No aburre, no resulta pretencioso y no se mete en camisas de once varas. Media hora semanal de actualidad y breves reportajes acerca de libros, una entrevista en varias partes con algún autor y una edición cuidada acompañada de un presentador agradable que irradia buen humor e interés por la letra impresa. Así sí se hace un buen programa. Un formato inteligente que deja con ganas de más, programado a una hora decente (las 20:15h.) y que sigue la tradición de espacios televisivos de calidad que La2 lleva años regalándonos. Digamos que está mucho más cerca de Miradas2 o de Metrópolis que de Negro sobre Blanco, Qué grande es el cine o aquél otro plomazo que -creo recordar- presentaba Juancho Armas Marcelo, cuyo título he olvidado ya.

Hace poco comenté aquí mismo mis primeras impresiones acerca del nuevo libro de Jose Luis Pardo. Mi lectura de Esto no es Música va más despacio de lo que quisiera. Tengo demasiados libros a medias y, además, mi Xbox360 acaba de volver de un exilio forzado por una avería, de modo que divido mi tiempo entre Paula, estudiar -aunque no mucho, no vayamos a engañarnos- para el CAP, leer (estoy sobre todo enfrascado con la inacabable aventura de leer los dieciséis tomos de Cerebus) y jugar al Mass Effect.

Mass Effect no es un juego perfecto, pero casi. Sospecho que la mayoría de las críticas duras que se le hacen tienen más que ver con lo que la gente erróneamente esperaba de él que con problemas reales del juego. ¿Defectos? Los menús son engorrosos. Digamos que es un juego que, en ocasiones, es muy poco user friendly.

Ya está. Yo no le he encontrado más fallos que éste y alguna que otra caída de framerate (también las tiene Oblivion y sigue siendo uno de los cuatro o cinco mejores juegos que he visto en mi vida) sin mayores consecuencias. Todo lo demás es una delicia para cualquier amante de los RPG y la ciencia-ficción: argumento, narración, banda sonora, combates, implicación emocional… Una auténtica gozada que me va a quitar muchas horas de sueño estudio y lectura estas navidades. Gallifante de Platino ex aequo junto con Bioshock y Portal, los otros dos juegos -en mi opinión- imprescindibles de este año que ya se va acabando.

Dentro de poco, puedo sentirlo ya, llegará la gran reorganización de la biblioteca (sé que lo digo a menudo, es importante para mí): para aquellos que hayáis leído Alta Fidelidad, o que hayáis disfrutado con su maravillosa adaptación cinematográfica, puedo decir que me sucede con mis libros lo mismo que a Rob Gordon con sus discos. Serán días de reencuentros literarios (muchos de mis libros están sepultados bajo capas de más libros) y eso es siempre motivo de alegría. Volveré a ver ciertos libros que había olvidado que tenía y seguro que eso me motivará a leer más y, quizá tambien, con suerte, a escribir.

Es un día soleado y frío. Un día perfecto para sentarse a escuchar a Van Morrison o a Otis Redding y leer y mirar por la ventana. Debería dejar de hacer el vago y seguir escribiendo, trabajar en los tres o cuatro proyectos literarios que siguen a medias después de tantos años…

Ya veremos qué me depara el día, quizás hoy sea capaz de sentarme a trabajar.

Hasta otra.

 

That´s entertainment…

Noviembre 26, 2007

He tenido la fortuna de ver un buen puñado de películas excelentes estos días. Es una de esas rachas en las que cada película que ves, resulta una grata sorpresa. Esperemos que dure…

Comenzando por la que me queda más lejos en el tiempo tengo que decir que me avergüenza no haberla visto antes… Son cosas que pasan, supongo. Aun a pesar de mi admiración infinita por Tarantino, nunca he llegado a sentirme especialmente impresionado por su gran ídolo, el señor Brian DePalma. Por supuesto, Scarface me parece una gran película, Los Intocables de Elliott Ness la he visto yo qué sé cuántas veces y Carrie es una película icónica de mi infancia, pero nunca he llegado a tomarme a DePalma como uno de los grandes. Hasta hace un mes, más o menos, cuando pude ver Atrapado por su Pasado (o, en su mucho mejor título original, Carlito´s Way). Es una película tan, tan, tan buena que no hay mucho que decir sobre ella. DePalma está soberbio, mostrando temple y saber estar. Cómo construye y mantiene la tensión, cómo resuelve escenas complicadísimas con elegancia y sencillez, cómo maneja el ritmo… Todo es perfección en esta historia sobre la redención que se adorna con atavíos de tragedia ática. Y, por supuesto, dos palabras que son sinónimo de triunfo: AL PACINO, en uno de sus mejores trabajos (sólo con escuchar su voz en off al comienzo de la película se me ponen los pelos de punta). Un irreconocible Sean Penn lleva a cabo una labor excelente, aunque todo el elenco de actores brilla a gran altura, desde Viggo Mortensen al inimitable Luis Guzmán y su inolvidable Pachanga. Guión magnífico de David Koepp sobre novela original de Edwin Torres: una película de Gallifante de Platino indiscutible. Todos a verla a la voz de YA!

Hace unos días alquilé El Asesinato de Richard Nixon, dirigida por Niels Mueller (director al que desconocía totalmente, por cierto). Descansa sobre una turbadora y emocionante interpretación de Sean Penn, quien encarna a un tipo que, llevado por la frustración de jamás poder alcanzar un american way of life que, sin embargo, se supone que tiene a milímetros de la mano, decide asesinar a Nixon. Si esta película me gustó tanto creo que tuvo que ver con que no era en absoluto el tipo de peli que me esperaba y me sorprendió muy agradablemente. Una carga de profundidad en toda regla contra el modo de vida del americano medio y un retrato conmovedor de lo que puede significar ser un perdedor en una sociedad como la nuestra, no tan lejana de lo que se estila en USA. Excelente guión; como siempre Don Cheadle es sinónimo de calidad, Naomi Watts está correcta y, con una ratio inmejorable de calidad interpretativa/intensidad/segundos en pantalla, un espectacular Michael Wincott. La producción musical está a una altura inusual, combinándose con una edición inmejorable. Otra película que recomiendo sin medias tintas.

Actualmente en cartel tenemos el debut como director de Tony Gilroy, guionista de películas mejores y peores (las dos últimas de la trilogía Bourne, por ejemplo, en el primer grupo y Prueba de vida o la adaptación de Armaggedon, en el segundo): Michael Clayton. Es una muestra más del grado de madurez interpretativa que ha alcanzado George Clooney, cuyo trabajo es absolutamente impecable (está imparable desde Solaris). Dos escenas me resultaron espacialmente remarcables: en una simplemente se queda observando a tres hermosos caballos, en la otra (un evidente homenaje al final de Lost in Translation) simplemente está sentado. Por supuesto, el uso del adverbio simplemente es pura ironía: nada hay simple en la multitud de capas que Clooney es capaz de crear para su personaje. El mismo Gilroy se ha encargado del guión, demostrando que se puede lograr hacer una película con un argumento à la Grisham sin que sea una mierda infumable tipo El Informe Pelícano o La Tapadera, sino un ejercicio de buen cine en todos los sentidos. Grandes interpretaciones gracias a grandes actores: Sidney Pollack o Tom Wilkinson, verbi gratia. Mención aparte merece la sin par Tilda Swinton, actriz a la que jamás he conseguido ver en una película (por mala que fuese) sin que me convenciese absolutamente con su personaje. Es una de esas actrices, como Tony Collette o Catherine Keener, que siempre, SIEMPRE están perfectas. Magistral en su sencillez, este papel debiera reportarle algún premio de consideración: su honestidad a la hora de encarnarlo es todo un ejemplo. En mi opinión, una de las tres o cuatro mejores actrices de los últimos años. Una pelí que hay que ver, chicos y chicas: Michael Clayton.

La última peli en incorporarse a mi videoteca ha sido La Soledad, segunda obra de Jaime Rosales cuya ópera prima, Las Horas del Día, es, en mi opinión, la mejor película que ha dado el cine español. Ya sé, ya sé… Me diréis que si El Sol del Membrillo, que si El Espíritu de la Colmena, que si alguna mierda de Almodóvar o de Amenábar… Está bien, no he visto todo el cine español que debiera y no lo tengo en gran estima: Almodóvar me repugna; Amenábar me aburre;Trueba me cae bien, pero no es para tanto; Fernando León no está mal, pero juega en otra liga; Buñuel no cuenta; Berlanga es irregular y a muchos de sus trabajos les pesan demasiado los años (Bienvenido Mr. Marshall es un coñazo insufrible, aunque El Verdugo sea una obra maestra); de Garci, ni hablamos; lo de Medem es de frenopático… Yo mismo tenía a El Sol del Membrillo como la mejor película española que había visto, hasta que me topé con Jaime Rosales. Pero de Las Horas del Día ya hablaré en otra ocasión. Hoy toca La Soledad. Baremo personal: ¿es tan buena como Las Horas del Día? Pues es difícil de decir. Tengo que verla más veces, un par de veces más, al menos, para poder pronunciarme. Quizás no sea mejor, pero sí igual de buena… Son películas muy diferentes en muchos aspectos, aunque ambas viven de la abrumadora personalidad del estilo de Rosales, exhuberante en su frialdad. Ver una película de Jaime Rosales es una experiencia cinematográfica difícilmente equiparable a ninguna otra. La transparente opacidad de su estilo (y perdón por el pedante oxímoron) es a un mismo tiempo inquietante e iluminadora. Sus obras se basan, en mi opinión, en dos pilares de común raíz: por un lado ese estilo del que ya he hablado y, por otro, el absolutamente soberbio trabajo de todos y cada uno de los actores y actrices que dan vida a sus personajes (fruto también de las peculiaridades del estilo visual y narrativo del director). Más allá de cualquier comparación posible, La Soledad es una auténtica obra maestra del cine contemporáneo. Regalaos la oportunidad de verla, no os defraudará.

 

Se me ha hecho tarde y mañana tengo que explicarle la filosofía de Kant a chavales de 2º de Bachillerato, así que voy a ver si duermo algo y se me aclaran las ideas. El próximo día, más cositas.

Like in the movies & co.

Octubre 26, 2007

    Hay canciones que, por diversos motivos, te pasan por encima, como una apisonadora pasa por encima del Coyote en los cortos de Chuck Jones para la Warner. Like in the Movies, de I Love UFO (podéis encontrarla esn su disco Wish), es una de esas canciones: es intensa, es emocionalmente devastadora, tiene un ritmo frenético… y es infinitamente delicada y lírica al mismo tiempo. Además de todo esto, es una gran canción. Quiero decir que es una canción no sólo excelentemente compuesta, sino magistralmente producida y estructurada: consigue todos sus resultados proponiendo una respuesta muy compleja y valiente al principal problema que presenta su propia naturaleza (perdón por la aliteración).

    Es una canción que mantiene la misma base armónica (que viene a durar unos cinco segundos) constantemente y sin cambio (nada de puentes ni estribillos) durante los más de tres minutos y medio que dura el tema… ¿cómo se puede hacer tal cosa sin matar de tedio a quien escucha? Hace falta jugar con la resolución de la tensión. Pero es que, además, el tema comienza con un nivel de intensidad altísimo, de modo que no se puede apostar por ir en aumento: las guitarras y el bajo ya están distorsionados al máximo, el cantante ya se desgañita y la batería entra a un paso imparable en los primeros quince o veinte segundos. El tema está plenamente armado en el segundo cuarenta de canción. ¿Adónde ir desde aquí? La respuesta magistral: rebajar cada vez más el tono, pero a fuerza de añadir textura, manteniendo el grado de intensidad y de frenesí del comienzo; de modo que, conforme avanza la canción, la guitarra va desaturándose -aunque no pierde distorsión-, se añade un sintetizador casi evanescente, aparecen capas de sonido arpegiando el tema principal, el cantante suaviza el tono y baja de registro, la batería se mantiene, pero se le añaden palmas y sonajas… Así, al final, uno llega a apreciar la ligereza y la inmensa nostalgia que ha estado escondida bajo el ruido desde el comienzo y desea hacer lo que uno hace cuando escucha una canción realmente, realmente, buena: volver a escucharla otra vez inmediatamente después, las veces que haga falta, todas las dosis que sean necesarias. Pues esta canción es así de buena: desde luego, de lo mejor que he escuchado este año.

    Tres cortes de Mis preferidas después (hoy vamos con un repaso de lo que me ha puesto el aleatorio del iPod), otra de esas canciones que puedo haber escuchado fácilmente tres, cuatrocientas veces en mi vida, y de la que no me canso jamás: All Along the Watchtower. Esta canción siempre me trae a la cabeza dos cosas. La primera, un recuerdo: leer Watchmen en inglés por primera vez y llegar a ese increíble momento en que Rorscharch y el Búho se encaminan bajo la nieve y el viento hacia el refugio de Ozymandias y Alan Moore termina el número citando los últimos versos de la canción, mientras (lo juro) de manera completamente casual, los estaba escuchando en el discman. La segunda, una pregunta: ¿realmente bastaría con esta canción para nombrar a Hendrix Mejor Guitarrista Eléctrico de la Historia? Y suelo contestar siempre que sí.

    Después, Radiohead: Pyramid Song, con la que es seguramente la mejor entrada de una batería en una canción que yo haya escuchado nunca fuera del jazz. Sólo por esos ocho o diez segundos Phil Selway se merece un Gallifante de Platino. Una obra maestra dentro de un disco excelente, a menudo injustamente infraescuchado. Y de la letra, ni hablamos: Thom Yorke at his most beautiful.

    Y así, a contrapié, A Girl Called Johnny, de los Waterboys. No tan buena como The Big Music (a la que dedicaré un monográfico en breve) pero, aún así… qué cosa tan bien hecha; y justo después Paranoid Android (Radiohead de nuevo) y -oh, dios mío- la inigualable, la irrepetible This Must Be the Place (Naive Melody), de Talking Heads. Mi iPod me quiere… yo le cuido y le doy cosas ricas de comer y él me lo paga con cariño y cositas buenas en el orden que quiere y que es, en realidad, el que yo necesito. Todos contentos.

    Y así, hoy, más de Radiohead, Marine Research, Iggy Pop, Springsteen, Micah P. Hinson, American Football, Múm, Bauhaus, Spoon, Police, Nirvana, Sondre Lerche, Mogwai, los Rolling y The Kings of Convenience.

¿Quién no querría regalar tomates morados y sonreír a la vida cuando nos recompensa con una belleza y un amor que no merecemos?