Variantes y entrantes
Diciembre 4, 2007Quien me conozca seguramente sabrá que guardo una inmensa admiración por muchos de los profesores a cuyos cursos y seminarios he tenido la fortuna de asistir en mis demasiados años como estudiante en la Kantera (también conocida como Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid). De entre esos profesores hay algunos para con los que he contraído deudas intelectuales absolutamente impagables: María José Callejo, Carlos Fernández Liria, Ana Rioja o Juan Miguel Palacios son algunos de ellos. El caso de José Luis Pardo es también peculiar: he aprovechado todas las oportunidades que se me han brindado para poder disfrutar de sus clases, y he asistido a todas las asignaturas que imparte. Con Pardo uno siente que tiene delante a alguien que está, de facto, haciendo filosofía. No sólo dando clase de filosofía, no sólo hablando de filosofía, sino filosofando, ejerciendo como filósofo.
Eso es algo inusual. Y, aunque ligeramente diluída por la mediación de la página impresa, esa sensación se mantiene cuando uno se acerca a su obra escrita. Los libros de Pardo (así como los de Liria -Callejo, para desgracia de todos, no ha publicado nada… aún-) son siempre un ejercicio de lucidez filosófica. Olvídense lectores de encontrar en ellos chorradas egotísticas tipo Jose Antonio Marina, pedanterías variadas a la Jorodovsky o estupideces propias de un Dragó y demás basuras intelectuales afines a éste. Primero, porque Pardo es un pensador de altura y, en segundo lugar, porque es un escritor excelente; la conjunción de ambas cualidades le hace un ejemplar casi único, una rara avis en el páramo de las letras castellanas (donde parece que es lugar común dar por bueno a Savater -quien se defiende bien en las distancias cortas del diálogo, pero no es un escritor relevante ni puede preciarse de resultar teóricamente muy interesante-).
Continuación, de aquella manera, de la obra que le valió en 2005 la concesión del Premio Nacional de Ensayo (La Regla del Juego, también publicado en Galaxia/Gutenberg), nos llega, recién salido de imprenta, el nuevo trabajo de José Luis Pardo: Esto no es Música. En él volvemos a encontrar todos los ingredientes que gloriosamente jalonan el mundo filosófico de este tipo que imparte sus clases sin dejar de mirar al techo si quiera por un instante: la música pop (Beatles, Dylan, Bowie…), el comic y los dibujos animados, el cine (de Cronenberg o Wenders), la literatura, Deleuze, Rorty, Kant, Nietzsche, Aristóteles, Wittgenstein, Platón, Sennett, Ricoeur… y clásicos como la inolvidable formulación del principio de anterioridad posterior (arma definitiva para la lucha contra hegelianos de todo tipo y condición): “eso es como hacer la quiniela del domingo con el periódico del lunes“.
De momento sólo he tenido tiempo para leer los tres primeros capítulos de Esto no es Música, pero puedo decir desde ya mismo que es un libro excelente y apasionante. Ya me ha hecho reír, ya me ha hecho pensar y ya me ha hecho sentir envidia… Así son los libros de Pardo. Los recomiendo todos, desde los más… diremos divulgativos como La Metafísica o su libro a medias con Savater, a las obras más teóricas como Las Formas de la Exterioridad, La Intimidad o La Banalidad (siendo éste último de lectura obligatoria, junto con La Regla del Juego). Leer a Pardo es disfrutar aprendiendo con alguien que disfruta pensando y escribiendo. No puedo hablar suficientemente bien de él, así que no me extenderé más en obviedades y tópicos.
En el mismo intercambio de dinero por bienes y servicios por el que me he hecho con mi copia de lo último de Pardo, también he adquirido el que hace el noveno volumen de Obras Completas de Theodor W. Adorno que tengo la fortuna de poseer: es el tomo XV e incluye las obras Composición para el Cine y El Fiel Correpetidor. Se sitúa, pues, en el tramo de las obras que el genial pensador le dedicó a la música. Estudiar a Adorno es siempre una gozada… es el equivalente filosófico de ver una película de Bruce Lee, si se me permite el sacrilegio: Adorno reparte tollinas, soplamocos, bofetadas y, en general, hostias como panes de pueblo, a diestro y siniestro. Y lo hace con un donaire y una elegancia fuera de lo común. Después de que Adorno hable, nada queda donde estaba: todos los entramados ideológicos a los que se acerca se desmoronan a su paso como castillos de naipes. Trabajos como La Jerga de la Autenticidad, la Dialéctica Negativa o gran cantidad de los ensayos reogidos en los tomos dedicados a los Escritos Sociológicos o a las Notas sobre Literatura son ejemplos de todo ello. Y, aunque no siempre se esté de acuerdo con lo que dice, o puedan plantearse objeciones a sus conclusiones teóricas, siempre queda la satisfacción de haber visto en acción a uno de los grandes, igual que cuando uno ve Operación Dragón.
En otro orden de cosas, la racha de buenas películas acabó, como era cosa de prever. Dos películas dieron al traste con ella: Elizabethtown y Mi Super Ex-novia. Vale, ya lo sé… Tenía que haberlo visto venir. Rápidamente, empezamos con la última: ¿porqué demonios alguien ve una película como Mi Super Ex-novia? Pues porque está dirigida por Ivan Reitman, ni más ni menos. Y ya sé que ha hecho mucha mierda, pero también ha hecho Los Cazafantasmas, por el amor de dios… Es la esperanza de que vuelva a hacer algo como ese gran clásico de la comedia lo que nos impulsa a darle una inmerecida oportunidad a basuras como Mi Super Ex-novia, nada más. Un auténtico coñazo, oigan.
Lo de Elizabethtown es también de juzgado de guardia… Una película que lo hace todo mal, incluso lo que parece que no puede hacerse mal de ninguna manera. Una película que consigue arruinar quince minutos de calidad al comienzo y casi al final, unidos por una interminable procesión de errores de todo tipo (interpretativos, narrativos y estructurales). Un espanto y, además, ñoña como sólo Cameron Crowe puede llegar a hacer una película. Un horror, debería llevar una etiqueta de biohazard.
Por fortuna, hoy espero resarcirme disfrutando del comentario del director que viene en el DVD de Hard Candy… una película excelente, divertida, irónica, amarga, inteligente y maravillosa que Paula tuvo a bien descubrirme hace tiempo. Si no la habéis visto… hacedlo. No digo más.
Última recomendación del día: a veces dejarse llevar por la corriente es bueno. Decidí darle una oportunidad a los tres álbumes mejor valorados del año según metacritic. Resultó que el número tres era In Rainbows, así que eso me dejó sólo ante dos incógnitas. Ahora puedo decir que fue una muy buena decisión. Tanto From Here we go Sublime de The Field como cualquier trabajo de Stars of the Lid son discos altamente recomendables (aunque reconozco que no para todos los gustos). Si os gusta (aunque sea un poco pequeño) la música electrónica, regaláos la escucha de lo último de The Field: seguro que encontraréis algo nuevo con cada nueva visita. Y si apreciáis en algo el legado ambient de Brian Eno, no dejéis pasar la oportunidad de conocer a Stars of the Lid, porque os van a encantar: absolutamente gloriosos.
Se avecina la gran reorganización de mi biblioteca y, con ella, seguramente comenzaré la prometida lista de recomendaciones bibliográficas en la que Mario me insiste siempre que nos vemos (nos vemos de pascuas a ramos, también es verdad). Tampoco quiero olvidarme de reseñar (aunque sea brevemente) el último libro de Liria… Quizás sea lo próximo.
Hasta entonces.