Archivos de la categoría ‘La gente habla...’

A Gentle Reminder

Mayo 10, 2008

ECQ no ha muerto todavía, pero estoy muy liado y su ya deplorable salud se ha visto perjudicada.

Hale hale, sana sana, culito de rana.

Dentro de poco volverán las consabidas críticas pedantes y los breves accesos de furia. Mientras tanto sólo dos recomendaciones: The Mande Variations, de Toumani Diabaté (qué gozada de disco, por el amor de dios… de lo mejor que he escuchado en mucho tiempo) y, si tenéis aprecio por vuestra salud mental NO veáis bajo ningún concepto -si os cruzáis por un casual con ella- una película llamada The Black Door; es tan mala y falla a tantos niveles que no sabría ni por dónde empezar.

Hablaré de ambas cosas -y espero que de alguna más- en cuanto me sea posible recuperar el ritmo normal de posteo en ECQ.

Así que nada: otro día, más cositas.

Was ist Aufklärung?

Enero 28, 2008

A veces uno se encuentra con situaciones en las que sólo puede dejarse llevar por el asombro. No ese asombro del que Aristóteles decía que era el origen de la filosofía, sino más bien una mezcla entre anodadamiento y perplejidad, a partes casi iguales. Quizás porque me he malacostumbrado a tratar con gente coherente y racional que tiende a expresar sus pensamientos con cierto orden y claridad; quizás porque, de nuevo, puedo decir que estoy dialécticamente malcriado: suelo leer a filósofos, científicos y pensadores mucho más inteligentes, elegantes y estrictos que yo, y eso me hace esperar cierto tipo de estructuras dialógicas, narrativas y argumentales por parte de mis interlocutores; quizás porque mi niñez sigue jugando en la arena…

Llámese como se quiera, el caso es que hoy a mediodía CNN+ emitía una redifusión del programa El Debate, dirigido por Jose Mª Calleja (no confundir con la insigne María José Callejo), en la que el tema sometido a discusión caía bajo el rótulo El papel de la Iglesia Católica en la sociedad española. Como es costumbre, dos invitados aportaban sus puntos de vista acerca del tema en cuestión: uno de ellos era sacerdote, teólogo de la asociación Juan XXIII; el otro, un joven (cuyo nombre recuerdo, pero prefiero no citar expresamente) militante de la agrupación católica Regnum Christi. El tono general del debate ha sido discreto, o muy discreto, incluso. Esto se debía en gran medida a la enorme diferencia en formación intelectual que separaba a ambos interlocutores. Mientras el teólogo argumentaba con coherencia y rigor intelectual, el súbdito del Reino de Cristo hacía poco más que tratar de convencer al espectador de que la Iglesia Católica se enfrenta a un momento de gran esplendor y renovación. Pero no es de esto de lo que quería hablar, me estoy desviando.

Comencé hablando del asombro y ahí quiero llegar: en dos momentos muy concretos este joven miembro de Regnum Christi tuvo a bien regalarnos a todos los que tuvimos la fortuna de presenciarlo los dos argumentos más imbéciles (uno por ridículo, el otro por estúpido) que recuerdo haber escuchado en una discusión en muchísimo tiempo; el primero me arrancó una carcajada, el segundo me levantó del asiento y casi me hizo romperme la mano contra la mesa (fui débil y me dejé llevar por la indignación -sí, aquello que Nietzsche decía que era el último refugio de los resentidos…-), en un acceso de furia. Como siempre es mejor reír que enojarse, empezaré con el ridículo, dejando el más puramente memo para el final.

El debate pronto se orientó hacia la definición del concepto (si es que se puede llamar concepto a semejante vaguedad) familia cristiana. Con gran acierto, el teólogo problematizó este punto, retando al combativo joven a que presentase un modelo ejemplar de lo que se supone que podía ser la familia cristiana tal como pueda mostrarla la biblia, a lo que éste respondió (agárrense, que vienen curvas): “hombre, claramente la sagrada familia”. Carcajadas entre el público, aplausos, ramos de rosas arrojados al escenario. Qué momento tan grande para el humor en la historia del periodismo. Por supuesto, la respuesta a semejante necedad no podía ser otra: si hay un modelo de familia absolutamente fuera de lo común es aquél en que el padre no es padre biológico, la madre es virgen y la progenie es nada menos que dios padre omnipotente, creador de cielo y tierra, hecho carne para la redención de los pecados.

No contento con haber retratado su completa estupidez ante quienes le escucharen con tal bobada (y también otras como que la familia de tipo padre-madre-hijos es la célula central de toda cultura, cuando la antropología demuestra que es casi excepcional en la historia de la humanidad), este joven activista católico pronto tuvo la oportunidad de confirmar su ineptitud mental, y no la desaprovechó: se hablaba del ordenamiento jurídico del estado, y de cómo los ciudadanos gozan de deberes y derechos con independencia de cualesquiera condiciones particulares. Así, las leyes deben establecerse sobre los criterios de la razón, en nombre de la igualdad y la justicia. Y a esta afirmación del teólogo contestó el joven, inverosímilmente: ¿y qué hacemos con el espíritu santo, no pinta nada en todo esto?

Y yo no podía creerlo. Me explico: toda mi vida escolar -de los cuatro a los dieciocho años- la pasé en un colegio de frailes y sacerdotes carmelitas. Sin duda, he escuchado todo tipo de sandeces a lo largo de esos muchos años, pero en el fondo todas se reducían al ejercicio libre e independiente de la libertad de credo: en lo privado, uno puede creer en lo que quiera; lo mismo da Naranjito, Mahoma, Jesucristo o Julito Iglesias, allá cada cual. Pero creo que hace ya mucho tiempo que había yo descartado como probable la posibilidad de que alguien plantease, en una discusión seria y racional, como si se tratase de un argumento digno de ser tenido en cuenta, algo tan estúpido como “¿y qué hacemos con el espíritu santo, no pinta nada en todo esto?”.

Porque la respuesta, de puramente obvia, resulta dolorosa: NO, NO PINTA NADA EN TODO ESTO. Ni pinta nada, ni puede pintarlo, ni puede tomarse en serio a nadie que pretenda que lo haga (tómese el siguiente contraejemplo: ¿quién me tomaría en serio si, al plantearse la redacción de una ley, yo dijese “¿y qué pasa con Papá Pitufo, es que no pinta nada en todo esto?”?).

¿En qué mundo vive esta gente? Un mundo sin Aristóteles, sin Copérnico, sin Planck, sin Darwin, sin Spinoza, sin Julio César, sin Maquiavelo, sin Kant, sin Poincaré, sin Hilbert, sin Fichte, sin Nietzsche, sin Voltaire, sin Rousseau, sin Marx, sin historia, sin Bach, sin Beethoven, sin Napoleón, sin Auschwitz, sin Homero, sin Hölderlin, sin ciencia, sin política, sin Ilustración, sin Renacimiento, sin Grecia, sin Roma, sin Venecia, sin Florencia, sin siglo XX… No puede ni decirse que vivan anclados en el pasado, porque ni siquiera tienen historia. Carecen de memoria porque no tienen nada que recordar y, aún así, reivindican su derecho a que sus opiniones sean tenidas en cuenta.

Parece que nadie les ha informado que sus opiniones valen, como tales, tanto como las de cualquier otro: absolutamente NADA. Valen tanto como las mías o las de uno que pase por la calle. Porque, en el espacio público de la ley y la libertad, la opinión no tiene cabida. La ley no entiende de opiniones, ni puede basarse en opiniones, convicciones ni emociones. La política basada en intimas convicciones es la que conduce a Guantánamos, Operaciones Cóndor, Apartheids, Gulags y Mathausens o Berger-Belsens de todo tipo. Las íntimas convicciones pavimentan el camino que condujo a la guerra de Irak, al genocidio armenio, al 11-S o a Sierra Leona.

Mientras no sepan distinguir la esfera pública de la privada, mientras no dejen de comportarse como seres humanos, allá donde deben ser “sólo” ciudadanos, su voz no merecerá ser tenida en cuenta.

Hasta que no aprendan geometría, absténganse de intentar entrar en la Academia.

Hasta que no ejerzan como ciudadanos, absténganse de intentar ser parte del estado de derecho.

Cuando era pequeño, siempre me decían que cuando fuese mayor, comería dos huevos.

Aplíquense el cuento.

Y ahora móntenme una manifestación a la puerta de mi casa.

Otro día, mas cositas y menos mala hostia -aunque no prometo nada-.

Non sequitur

Noviembre 13, 2007

El orgullo patrio ha llevado a la malinterpretación radical de lo acontecido en la reciente cumbre Iberoamericana, en la que el Jefe del Estado español se exasperó y, mediante una exhortación indirecta (ejemplo clásico de implicatura conversacional griceana), mandó callar al Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. En la prensa española, tan dada a la queja y al berrinche, se ha producido un cerramiento de filas en torno al monarca español; la opinión general ha venido a ser algo así como: qué bien lo ha hecho el rey. Cuando la prensa y la opinión general española se ponen de acuerdo en algo no cabe duda de que todos están equivocados, como ha sido el caso.

 

Como Jefe del Estado, el rey se ha equivocado de parte a parte al permitirse la chiquillada y la simplonería de mandar callar a nadie en una reunión diplomática internacional. Si no está de acuerdo con algo de lo que se diga, que así lo haga saber mediante el uso ordenado de la palabra o que, como debiera haber hecho, se queje a quien presida la reunión si considera que su turno de intervención está siendo obstaculizado. Y punto. Y si se quiere ir, que se vaya, pero que no dé el espectáculo tristón de andar mandando callar a nadie, puesto que él no es quién ni está en disposición de hacer tal cosa. Baste con esto sobre el tema del día.

 

 

En otro orden de cosas: la semana pasada Interpol actuaron en Madrid (Sala La Riviera), dando un concierto en el que presentaban su último trabajo, titulado Our Love To Admire. Teniendo en cuenta que Intepol publicaron en su momento el que, a mi juicio, es el mejor primer álbum de los últimos diez años (Turn On The Bright Lights), este tercer trabajo ha resultado algo decepcionante. No es un mal disco, pero se les nota algo estancados, como no sabiendo muy bien qué hacer: si se acercan al sonido de su primer largo, se les acusará de refocilarse en copiar a Joy Division; si optan por mantener la tónica de medios tiempos de su segundo disco (Antics), serán acusados de repetirse. Así que, por lo que se ve, han decidido hacer una mezcla de las dos cosas y les ha salido un conjunto de canciones muy bien producido pero que no termina de ir a ninguna parte, más como unos puntos supensivos añadidos a Antics que como un intento de enfocar hacia nuevos sonidos.

 

Sin embargo, hay que decir que en directo suenan como un cañón y que la tibieza de los medios tiempos que en estudio no terminan de cuajar, en vivo desaparece y la banda se desenvuelve con fuerza y determinación. El concierto, también es verdad, fue bastante corto y Paul Banks, el cantante y guitarrista, no estuvo especialmente brillante. Algunos desajustes técnicos restaron también calidad al conjunto y, por último, la selección de canciones no hizo sino confirmar lo dicho más arriba: suenan mejor cuanto más se esfuerzan en parecerse a su primer trabajo.

 

Lo mejor del concierto, en mi opinión, los teloneros, Blonde Redhead: una mezcla entre los Cure del Pornography y Sonic Youth. Una banda sólida con un buen puñado de temas que saben defender excelentemente en directo. Un diez, sí señor. Directitos a Mis Preferidas.

 

 

Más cositas… Algunos libros de los que me han caído entre manos últimamente:

- El Oyente Infinito. Reflexiones y sentencias sobre música (de Nietzsche a nuestros días), edición y selección a cargo de Ramón Andrés, publicado en la colección de ensayo de DVD Ediciones (más conocidos por su línea dedicada a poemarios): en él podréis encontrar citas y reflexiones de lo más variopinto, desde filósofos a escritores pasando por musicólogos, antropólogos y, cómo no, músicos. Altamente recomendable.

- Breve Historia de Inglaterra, de Duncan Townson (Alianza Editorial): un complemento para mi estancada lectura de las tragedias británicas de Shakespeare. Fácil y cómodo de leer, mucha información aunque no demasiado detalle ni tiempo para matices. Básico, pero cumple su función.

- La Novela Norteamericana Moderna, de Malcolm Bradbury (FCE): un Breviario del FCE o, lo que es lo mismo, un BUEN libro que permite acercarse al tema en cuestión tanto a quien sólo tenga curiosidad como a quien se interese con mayor profundidad. Que el grososr no lleve a engaños: la edición en papel biblia esconde, tras este Breviario, una monografía de 353 páginas. Completo y ameno. Un libro magnífico.

- A Spot of Bother, de Mark Haddon (Vintage): la segunda novela del autor de El Curioso Incidente del Perro a Medianoche (magnífica y maravillosa primera novela). De momento bien. Paula dice que es estupendo, así que me fío de su criterio y seguro que lo es. Ya diré algo más en el futuro.

- The Scarlett Letter, de Nathaniel Hawtorne (Washington Square Press) : como no voy a venir a descubrir nada acerca de Hawthorne a estas alturas sólo diré que no me extraña que Paul Auster esté obsesionado con este tipo. Además, escribe en la más elegante y exquisita prosa inglesa que mis ojos hayan tenido la fortuna de leer. Una obra maestra.

 

 

Por hoy, nada más. Para el próximo día: reseña de In Rainbows (lo nuevo de Radiohead), seguramente otro puñado de libros que empiece de aquí a entonces y, quizás -si mi temporalmente convaleciente XBOX360 me lo permite- un par de recomendaciones videojueguiles.

Una cita…

Octubre 24, 2007

Para comenzar, siempre es mejor darle la palabra a otro; por eso, hoy toca cita. Es el título de un capítulo de Cerebus, de Dave Sim: Cualquier cosa que se hace por vez primera desata un demonio.