Archivos de la categoría ‘Cosas de ver’

Geometría diminuta

Febrero 24, 2008

No sé cuántas veces habré visto Blade Runner. Han sido, a lo largo de los años, muchas y hace ya tiempo que perdí, no ya la cuenta, sino la inercia de pararme a contar. He visto todas las diferentes versiones, ediciones y montajes. La he visto en VHS, en una versión volcada de Betamax, codificada en diferentes formatos digitales y en DVD. La he visto doblada y en versión original. He escuchado su banda sonora mil y una veces, tanto la versión original como la orquestada y la reciente edición (fabulosa e impagable) en tres discos. Creo que no me he sometido tan constante y servilmente a una obra de arte jamás como lo he hecho con ella.

Hace un par de días me compré por fin la edición remasterizada con el montaje definitivo de Ridley Scott. Lo hice pensando que quería ver los nuevos insertos, los pequeños detalles, todo el metraje nuevo que hubiesen insertado. Y, en cuanto me senté a verla, me olvidé de todas esas estupideces. Si hay algún motivo por el que merezca la pena tener esta edición es por la copia en sí misma: la pulcritud del sonido y de la imagen. La remasterización es absolutamente perfecta. El sonido es prístino, brillante, vibrante y denso. La luz y los colores, los matices, los efectos… es una delicia para los sentidos como no he visto niguna otra. De hecho, aunque cuenta con un guión magistral, un montaje perfecto, unas interpretaciones asombrosas y una gran historia, ni siquiera me voy a molestar en hablar de esos detalles…

Es una película visual y sonoramente tan sublime que no hay palabras para describir el efecto que tiene sobre mí. Hay planos en Blade Runner ante cuya simple contemplación me cuesta enormemente contener las lágrimas. Hay algunos, incluso, cuyo mero recuerdo basta para inutilizarme, al menos durante un buen lapso de tiempo. Todo en esta película está inundado de una cualidad hipnótica, como si algo bajo su superficie estuviese vibrando en la misma frecuencia y con el mismo tono que las partículas de las que están formadas las emociones y los humores en mi cerebro (y sé que la banda sonora de Vangelis -y no me refiero sólo a la música, hablo del conjunto del sonido en la película- tiene mucho que ver con ello). Cuando termina, me sé diferente a como era antes de verla; algo cambia y se remueve en mí cada vez que la veo. Y, de entre todas las veces que la he visto, ésta última ha sido, con diferencia, la mejor. No se trata tanto de que descubra en la película cosas nuevas, sino que la película descubre cosas nuevas en mí.

En realidad a eso es a lo que se reducen mis experiencias estéticas. Cuando algo realmente me gusta, cuando aquí hablo de esta o aquella canción, o de ese libro o poema o escultura o cuadro o película… El arte me deja exahusto, vacío, hueco. Absorbe el aire de mis pulmones como una bomba de vacío, me deja atontado y confuso. Me deja abandonado como un anciano tras un bombardeo, deambulando entre escombros, cegado por el polvo, tropezando con trozos de cosas que tenían sentido antes, pero que ahora están fuera de sitio, dados la vuelta, reventados de dentro hacia fuera. Supongo que a eso se reduce lo que tan prosaicamente ha venido a terminar llamándose síndrome de Stendhal. No es sólo la presión en el pecho, el nudo en la garganta y el ahogo interminable…

Es el deseo de morir.

Deténte instante, eres tan hermoso” decía Fausto. Goethe era bien consciente de esa experiencia. Cuando Fausto suplica al instante que se quede suspendido, cuando es testigo de la belleza, su misma súplica le condena, su ansia por atraparla es lo que pone su alma en manos de Mefistófeles. Goethe sabía que el extremo último del arte y de la belleza es la muerte, no como momento de dolor, sino de gozo. Uno no quiere vivir para siempre, como erróneamente pensaba Unamuno, en ese momento. Sólo quiere que todo lo demás se detenga. No es el ansia de inmortalidad lo que lleva al arte, sino más bien al contrario. Cada gozo es una pequeña muerte feliz. Y tras cada muerte sólo el deseo de la réplica.

Este pasado viernes tuve la inmensa fortuna de acompañar a Paula a visitar la magnífica exposición El Mito Perdido (obras de Igor Mitoraj), que ha recalado en Madrid a través de la mediación del recientemente inaugurado CaixaForum. Ella ya había tenido la oportunidad de contemplarla en un viaje hace unos meses, cuando estaba expuesta en Vitoria. Acabábamos de salir del teatro -fuimos a ver Ante la Jubilación, de Thomas Bernhard, en el CDN- y, abrumado como estaba por la representación, no fui consciente de lo que las esculturas de Mitoraj me estaban causando. Sus imágenes han anidado y han ido incubándose poco a poco y sólo hoy han salido a la superficie. Y ahora no queda parte de mí que no esté saturada de esa inmensa sensación de abandono y de pérdida, de nostalgia imposible por un tiempo remoto que, en rigor, no puede recordarse ni perderse porque nunca se ha vivido. La fragmentariedad, el resquebrajamiento, la hoquedad… El desierto espantoso que se respira ante sus esculturas alcanza un grado de refinamiento tal que es indescriptible. Además, Mitoraj juega con la iconografía clásica, a sabiendas de la enorme distancia que nos separa de lo clásico: los bronces clásicos nos han llegado, en su gran mayoría, con las cuencas de los ojos vacías por efecto del tiempo, pero su público contemplaba las obras policromadas y con ojos brillantes y hermosos. Las esculturas inmensas de Mitoraj carecen de ojos por decisión del artista: cuando miramos dentro de la oscuridad, entre los párpados de los colosos, carecen de ojos por su propia naturaleza, han nacido sin ojos, o están cubiertos por vendas inseparables de la piel. Han nacido ajados, rotos… Han nacido siendo ya escombros, restos de una explosión. La obra de Mitoraj es un ejemplo insuperable de postmodernidad bien entendida y eso es lo que la hace terrible, espantosa, horrible y mutiladamente bella.

(Es pronto aún para asegurarlo, pero creo que sobre esto volveré cuando avance algo más en mi lectura, recién comenzada, de The Road, de Cormac McCarthy. Ya veremos si estoy equivocado.)

Hasta entonces: si no habéis visto Blade Runner, corred a verla; si no conocéis la obra de Mitoraj, no perdáis oportunidad de conocerla; si no habéis leído Fausto, intentadlo (a mí me duele siempre que lo intento, pero lograré hacerlo bien algún día). Disfrutad (y, si es en buena compañía, aún con más motivo) de todas esas pequeñas muertes gozosas que hacen de la vida algo mucho mejor.

El próximo día, seguramente, Machado (otro escritor de la pérdida) y algunas otras cosas.

Hate to say I Told You so…

Febrero 18, 2008

Atender a diversos requerimientos administrativos me ha tenido alejado de ECQ durante más tiempo del que hubiese querido. Pero como todo tiene algún lado bueno, he terminado acumulando algo de material sobre el que escribir y, tratando de disipar el sueño propio de la sobremesa invernal, héme aquí de nuevo.

Queda lejos ya, pero no quisiera dejar pasar la oportunidad de su reestreno en salas de exhibición para volver a recomendar La Soledad, y no porque ganase tres Goyas (merecidos, pero completamente innecesarios) sino porque es una de las mejores películas que he visto en mucho tiempo. Pero sobre ella ya hablé aquí mismo, así que no voy a repetirme.

Fui a ver, en compañía de Paula, varias de las películas que están nominadas a mejor ídem en la próxima gala de los Oscar, con resultados desiguales:

Expiación no es una mala película, pero es una película completamente innecesaria. Desde luego, contiene una secuencia magistralmente rodada y una excelente banda sonora, pero eso es todo lo que hay. Tanto el film, como la novela homónima en la que se inspira, comparten defectos: historia irrelevante, torpeza en la ejecución (en cuanto a estructura narrativa) y personajes obviables (a excepción del personaje de la madre; muy bien construido en la novela, pero desechado casi totalmente en la película). No merece la pena, en cualquier caso.

Juno, por su parte fue una experiencia muy agradable. Una película excelente, bien escrita, mejor dirigida e interpretada aún mejor. Ellen Page, cuyo sobresaliente trabajo en Hard Candy no elogié de manera suficiente aquí mismo, está merecidamente nominada a mejor actriz por su papel. Es cierto que el film no deja de recordar en su espíritu a Little Miss Sunshine pero eso, en mi opinión, jamás podrá ser considerado una falta. Mención aparte requiere la EXCELENTE selección de temas que conforman la Banda Sonora de la película: será, en mi opinión, la mejor -de lejos- este 2008. Es absolutamente gloriosa, captando brillantemente el tono de la película y ofreciendo cientos de horas de escucha agradecida. Un auténtico triunfo.

No Country for Old Men es una película que aquí en España está lastrada por su propia calidad, y me explicaré enseguida: Bardem y su espléndido… no, perdón, repito: Bardem y su ESPLÉNDIDO ESPLÉNDIDO trabajo van a hacer que seguramente la película funcione muy bien en taquilla (mejor que cualquier otro trabajo de los Cohen hasta la fecha). Esto, sin embargo, supone un problema: el doblaje. Casi todo el mundo irá a ver esta película en versión doblada y, con ello se perderá gran parte de lo que la hace magnífica. No se perderán el excelente montaje, ni el ritmo hipnótico, ni la bellísima fotografía, ni la cuidadísima producción de sonido… Pero sí se perderán los diálogos perfectos y es trabajo realmente sobresaliente de todos y cada uno de los actores y actrices que entregan siquiera una sola línea de esos diálogos durante el film. Es el mejor trabajo conjunto de reparto que he visto en mucho tiempo, una auténtica maravilla. Una lección de cine por parte de los Cohen, pero también por parte de Tommy Lee-Jones, Josh Brolin, Bardem y todos los demás. Si hay una película que merece todos los premios que pueda llevarse este año, estoy seguro de que es ésta. No os la perdáis por nada del mundo, pero vedla en versión original, por lo que más queráis…

La curiosidad me llevó a ver otras películas mucho menos recomendables… Cloverfield, por ejemplo (espantosamente traducida al castellano como Mostruoso). No es tan mala como muchos dicen, pero desde luego no es ni lo que yo esperaba ni tan buena como aseguran algunos. Es una película que podría haber sido realmente buena y se queda en una medianía aburrida e insulsa. Además, habiendo visto tan recientemente esa obra mestra del cine que es The Host (pónganse todos en pie, por favor…), ¿quién va a acordarse de Cloverfield dento de tres meses?

Infinitamente peor, y una de las peores películas que he visto últimamente, ha resultado ser La Brújula Dorada, asesinato cruel y premeditado adaptación de la muy recomendable novela de Philip Pullmann The Northern Lights, primera parte de la trilogía His Dark Materials (que, por fortuna llegué a leer antes de ver la película: de haber visto antes semejante bodrio jamás habría leído el libro, y hubiese sido una pena). Me asombra cómo puede llegar a destrozarse de ese modo una historia que podría haberse contado perfectamente en soporte cinematográfico. Quiero decir, entiendo que la próxima Watchmen seguramente será espantosamente mala (como ya lo fue V for Vendetta), porque no son obras que soporten bien el ser narradas cinematográficamente, como a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer una adaptación cinematográfica de Rayuela. Pero The Northern Lights sí que podía contarse en una película… en unas dos horas y media hay tiempo de sobra SI el guionista es competente. Pero eso, por lo que se ve, era demasiado pedir. Un auténtico horror. No se acercquen a ella y lean, en cambio, la novela (no respondo de la trilogía completa, pero sí del primer volumen: una lectura entretenida que no insultará la inteligencia del lector… Le tratará como si fuese un niño, pero en el mejor de los sentidos).

Y, para acabar, dos cositas: primero, una buena canción (Punkrocker, de The Teddybears -demostrando que cuatro acordes y un Iggy Pop valen más que la carrera completa de Blink182 y demás mierdas por el estilo-); en segundo lugar, la triste confirmación de que más vale estudiar teología que periodismo: de nuevo CNN+, de nuevo El Debate, de nuevo un teólogo, esta vez enfrentado a un periodista a sueldo de La Razón (ese diario que personifica el oxímoron y la contradictio in adjecto). De nuevo acabé con un cabreo monumental por tener que darle la razón a un teólogo. Qué cosas…

 

Como dijo Nietzsche, quien durante largo tiempo ha cargado con cadenas tiene un fino oído para detectarlas.

Yo estudié en colegio de curas.

Debe ser eso.

Otro día, más cositas.

Die Welt ist alles, was der Fall ist.

Enero 22, 2008

Recuerdo haber visto El Día de la Bestia con Norman (podéis leer su muy recomendable blog Homeless) en el desaparecido cine Aragón hace ya bastantes años. La calefacción en la sala era espantosa y me pasé toda la peli medio tiritando. Por supuesto, no me importó lo más mínimo. Me encantó aquella película y he visto casi todo lo que Alex de la Iglesia ha hecho desde entonces -incluso leí su novela, titulada Payasos en la Lavadora (aunque no era muy buena, la verdad), por mediación de Paula-. Y lo cierto es que mi admiración por el director vasco es ilimitada, aunque debo reconocer que no le admiro como director de cine, sino como persona. Esto no deja de ser preocupante, porque en realidad la de director es la única dimensión de su personalidad que conozco de manera directa: jamás he hablado con él, ni creo haberle visto en directo siquiera. Así que admiro de él algo que desconozco, y que, en gran medida, he construido sobre una base completamente imaginaria. Me inspira el deseo de que las cosas le vayan siempre bien y la buena imagen que de él tengo no se ha empañado aun a pesar de que ninguna película suya me ha gustado desde El Día de la Bestia (aunque su colaboración en Historias para no Dormir no estaba mal y siempre hay algo que se salva en sus trabajos).

Es por todo esto que me ha hecho feliz poder disfrutar sin reparos de su última película: Los Crímenes de Oxford. Es una película estupenda, entretenida, inteligente, clásica en el mejor sentido del término y nada pretenciosa, respetuosa con quien se ha dejado seis euros en la taquilla para verla y que sólo se ve ligeramente empañada por el trabajo un tanto pastoso de Leonor Watling. Ese papel era para otra actriz, preferiblemente no española. Todo lo demás es fantástico, eso sí. Gloriosas referencias a V for Vendetta (el cómic, claro, no esa mierda de película de hace un par de años), a Welles, a Hitchcock, homenaje a Wittgenstein (incluso alguno velado como el nombre del personaje de Mrs. Eagleton) incluido. Es verdad que algunas cosas son inexactas y que, por ejemplo, la objeción que el personaje interpretado por Elijah Wood le plantea al profesor Seldom (John Hurt) acerca del Tractatus no tiene ningún sentido si se ha leído la obra de Wittgenstein. Bueno, son cosas que pasan. No importa: ¿una peli protagonizada por un profesor de lógica, un estudiante de matemáticas y basada en detalles teóricos de la obra de Wittgenstein? ¿Y además divertida? Me apunto siempre.

No se puede decir lo mismo de la última película que he visto en el cine (en compañía, también, de Norman y Paula): 1408. Que no iba a ser muy buena se veía venir, es cierto, pero eso no importa demasiado si está protagonizada por John Cusack. Pero aquí de lo que se trata no es de si era mala, sino de lo inmensamente aburrida que resulta. Un auténtico coñazo infumable… Prohibido acercarse a menos de diez metros de cualquier rollo de este film, bajo riesgo de narcolepsia asesina. Un espanto, oigan.

 

Volviendo al mundo de las cosas que merecen la pena, es imperativo recomendar aquí tres libros absolutamente preciosos, inteligentes, divertidos, elegantes y que absolutamente cualquiera, con independencia de su edad y condición, puede y debe disfrutar con asombro. Su autor es Istvan Banyai (la influencia del maestro Moebius es fuerte en él…) y se titulan Zoom, Re-Zoom y El Otro Lado. Son libros de ilustraciones y prefiero no entrar en detalles acerca de su contenido, pues la primera vivencia de estos tomitos ha de estar lo menos mediada conceptualmente que se pueda. No puedo hacer menos que recomendarlos vivísimamente. Están publicados por FCE y, además, son económicamente muy asequibles. No los dejéis escapar: son el equivalente, en términos de alimento para hemisferios cerebrales derechos, del bacalao al pilpil. Regaláos una racioncita.

 

No digo más.

Qué post más pesado me ha quedado hoy, no?

Otro día, más y (esperemos) mejor.

Baltimore Traditional

Enero 14, 2008

Descubro con gran placer que la realidad desmiente mi post de ayer: el canal TNT (Digital+) ha comenzado a emitir The Wire. La cita es los domingos a las 22h., aunque desconozco cuántas temporadas van a emitir, ni si ofrecen la posibilidad de ver la serie en VOS. En cualquier caso, una excelente noticia para la salud mental en esta tierra baldía para la cultura en televisión que es España.

 

Avisados quedan: menos Aída y más The Wire.

El cambio merece la pena.

If animal trapped inside, please call…

Enero 13, 2008

El año pasado perdí mi oportunidad (por poco), pero por fin he podido hacerme con el cofre que contiene las nueve temporadas de Expediente X. No es la mejor serie de todos los tiempos (de eso voy a hablar dentro de un rato), pero lo mismo da. Qué gozada poder ver los capítulos en orden, sin publicidad y en versión original! Menudos meses de nerdismo freak que me esperan… Es una de esas series con las que, simplemente, disfrutas un buen rato en cada capítulo (aunque ya sé que tiene temporadas mejores y peores, y capítulos espantosos, pero son los menos…). Desde luego, la culpa de todo es de David Lynch: sin Twin Peaks, no habría habido X Files, evidentemente. Y el aroma inconfundible de la serie de Chris Carter se respira de manera tan evidente en leyendas de juventud como los dos primeros Resident Evil, o en Silent Hill 2 que resulta para mí más una evocación general de un estado de ánimo particular que el mero visionado de una buena serie: ver Expediente X es un poco como recordar la primera vez que leí La Sombra sobre Innsmouth o Los Perros de Tindalos. Me dejo llevar por la credulidad y me lo paso como un crío otra vez.

La semana pasada comenzó la emisión de la quinta y última temporada de la que ha sido, hasta el momento, no sólo la mejor serie de la historia de la televisión, sino lo mejor que le ha pasado a la narrativa de ficción en los últimos años: The Wire. No hay modo ni manera de que pueda explicar porqué es TAN TAN buena. Sólo diré que, de entre las muchas horas de gloria fílmica que le debemos a la HBO (con The Sopranos y Six Feet Under a la cabeza), nada puede acercarse a la perfección formal, estructural, narrativa e interpretativa de esta serie. The Wire es una de las mejores experiencias que como espectador he tenido en mi vida. La pongo sin problemas a la altura de El Padrino, Ciudadano Kane, La Delgada Línea Roja, Blade Runner, Pulp Fiction, la trilogía Azul Blanco Rojo de Kieslowski, Stalker o Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Primavera (son las primeras que me han venido a la cabeza), si no por encima. La profundidad de sus personajes, lo excelso de sus interpretaciones, la honestidad de sus planteamientos, la perfección de su ejecución, lo implacable de su desarrollo, la capacidad para no caer jamás en tópicos ni en lugares manidamente visitados por todo el mundo, la elegancia de los guiones, el incansable respeto por la inteligencia de su público. No hay absolutamente nada que se le pueda achacar como defecto a este ejercicio de virtud cinematográfica y, en general, artística(en el sentido etimológico de la palabra virtus, en el sentido spinoziano/maquiavélico del término).

Por supuesto, un producto de tan alta calidad no tiene cabida en la televisión de este país, por lo que ni siquiera se ha emitido un solo capítulo de The Wire en España. Hay que recurrir a Internet o a la compra de DVDs en edición internacional. Eso, contra lo que pueda parecer, es una fortuna, pues preserva algo que creo que hace única a esta serie y que no he mencionado en concreto aún: es fundamental ver esta serie en con su sonido original. Los doblajes de esta serie deberían estar prohibidos, pues no conozco serie alguna que se apoye tanto en el uso concreto y específico del lenguaje como lo hace The Wire. La lengua en The Wire es tan absolutamente determinante como en un poema de Hölderlin o una obra de Shakespeare, Joyce o Cortázar. Tratar de traducirlo sería sin duda asesinar el texto. Por eso, aunque la trama y los diálogos se sigan a través de subtítulos (la serie ha tenido problemas de comprensión incluso en USA; mucha gente no entiende lo que los personajes dicen), es necesario escuchar al elenco de The Wire entregar el texto y sus frases como lo hacen. Yo he defendido en mil y un ocasiones la necesariedad de ver siempre que sea posible las películas en versión original (con o sin subtítulos en función de la competencia que se tenga en el idioma concreto en que estén rodadas), pero en este caso mi vehemencia no puede ser mayor.

Os aseguro que nada mejor que The Wire puede pasar por vuestras pantallas. No dejéis de verla.

David Simon es, en gran medida, el creador de The Wire y podéis leer, si os interesa, o si no encontráis la manera de ver la serie, el libro que la inspiró. Es obra del mismo Simon y lleva por título Homicide: A Year in the Killing Streets. Es una auténtica gozada: fruto del trabajo de investigación de Simon como periodista incrustado en la unidad de homicidios de la policía de Baltimore (Maryland), durante un año -cuando éste trabajaba para el Baltimore Sun-, es la crónica de la vida diaria de los miembros de la unidad, además de un implacable análisis de la realidad de la vida en la ciudad media estadounidense. Un libro periodística, narrativa, antropológica y sociológicamente fascinante.

Guionista habitual de la serie y también productor, George Pelecanos es autor de uno de los libros que he leído recientemente: The Night Gardener. No tan bueno como Simon, pero un buen escritor, y ésta última obra suya es sin duda una buena novela que recomiendo a todos.

También he leído, regalo de navidad de mi madre, Decidme cómo es un Arbol, autobiografía (o, más bien, habría que decir memorias) del poeta Marcos Ana, preso político por veintitrés años durante la dictadura fascista de Franco. Un libro sin duda muy honesto, cuyas primeras doscientas páginas son muy recomendables aunque, lamentablemente, pierde interés conforme se acerca a su tramo final.

Estoy acabando Un Trabajo muy Sucio, de Christopher Moore. Una novela de humor negro, suficientemente divertida, suficientemente bien escrita y, desde luego, una lectura muy amena. Como Paula me dijo: “está bien, pero es que me acabo de terminar uno de Kawabata y, claro… Le falta sustancia.” Pues eso mismo.

No puedo dejar pasar la ocasión de recomendar a todo el que lea esto que aproveche para completar su biblioteca con los dos tomos (el segundo acaba de salir) que recogen la narrativa completa de Lovecraft, en la colección Gótica de la editorial Valdemar. Una gozada para los amantes de este tipo rarito y en ocasiones genial.

Estoy sumergido ahora en la lectura de La Educación Sentimental, aunque la traducción (la de Germán Palacios publicada por Cátedra Letras Universales) no me termina de convencer. Iré dando impresiones conforme avance más (aunque ya puedo comenzar diciendo que es Flaubert, quiero decir: joder, ES FLAUBERT -hace tiempo que no leía nada suyo y casi había olvidado lo bueno que es-).

También estoy con otro francés, Georges Duby, especialista en el arte y la sociedad de la edad media, a quien conocí -literariamente hablando- gracias a mi compañero de viajes helénicos Dani Nekaipán. Ahora estoy con un maravilloso estudio que publicó en los años setenta del pasado siglo: La Época de las Catedrales, publicado en Cátedra Grandes Temas. Es una pasada. Duby, como LeGoff, es un autor magnífico para descubrir la edad media y todas sus muy sutiles complejidades (recomiendo también otra obra suya: La Europa del año Mil). Si sus obras se acompañan (Paula es valiosísima fuente para ello) de estudios como los de Bango acerca del románico o con álbumes como Arquitectura de la Edad Media (Editorial Feierabend), entonces la lectura se vuelve delicia. Añádase una ración diaria de Las Claves del Románico (L-V, 11:15h., en La2), con el maestro Peridis y ya está todo hecho.

Me dejo cosas en el tintero, pero por hoy ya he dicho más que suficiente.

 

Otro día, más cositas.