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Karl Löwith: Historia del Mundo y Salvación. Una reseña.

Mayo 13, 2009

Esto que sigue es una recensión que he tenido que escribir para una asignatura del máster de filosofía. He descubierto que desde que escribo reseñas regularmente en ciertos sitios de internet, he terminado por desarrollar cierta facilidad para el tema (eso no quiere decir que estén bien hechas, sino que no me cuesta tanto como antes redactarlas!!). Sin más preámbulos, el tocho (está sin corregir y le faltan las referencias de los textos porque al volcar el .docx se han perdido las notas al pie):

No se puede decir que Karl Löwith tuviese alguna clase de dudas o de miramientos a la hora de redactar Historia del Mundo y Salvación; el subtítulo de la obra (que significativamente reza: “los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia”) deja bastante clara la posición del autor con respecto al asunto. Bastante menos evidente en su orientación, pero no por ello menos significativo y revelador acerca de su contenido, era el título con el que vio la luz por vez primera en la edición estadounidense (1949): Meaning in HistoryEl Significado en la Historia-. Esta primera formulación, menos combativa pero igualmente aclaratoria, pone en juego el tercero de los ejes sobre los que Löwith va a desarrollar su análisis de las relaciones entre las diversas concepciones acerca de la historia –esa peculiar disposición bajo la que vivimos o experimentamos la relación entre el tiempo y el sentido-, la salvación/redención y la articulación de ambas como un género específico de significado racional o, al menos, razonable puesto que el rótulo “filosofía de…” no parece exigir menos que eso. La cuestión, en primera instancia, consistirá en ver hasta qué punto estos tres ejes (historia, salvación y significado) no son sino tres formulaciones de un mismo dispositivo y si la solidaridad entre ellos no es fruto de una interna copertenencia de todos bajo una idea común.
Para esta tarea, el propio Löwith propone un recorrido por las diversas aproximaciones que la filosofía occidental ha ido presentando ante el fenómeno histórico, y lo hace comenzando por aquellas más cercanas en el tiempo (Buckhardt) para después ir rastreando, a contra corriente, las fuentes del hecho que reconoce como faktum inicial –la actual situación de secularización total del mundo- hasta un origen que él identifica con la fatal inyección de plusvalor significativo que la visión bíblica (judía, en un principio, y específicamente cristiana después) ha aportado a la vivencia humana del conflicto entre existencia, sufrimiento y mundo. A este respecto, aclara el autor que [Historia del Mundo y Salvación] querría mostrar que la filosofía moderna de la historia arraiga en la fe bíblica en la consumación y termina con la secularización de su paradigma escatológico. En seguida veremos cómo se conjuga este proceso que ha terminado arrojando sobre la historia moderna una luz paradójica: ella [la historia misma] es cristiana por su origen y anticristiana por su resultado. Ambos aspectos resultan del éxito mundano del cristianismo y, al mismo tiempo, de su fracaso de convertir el mundo en un mundo para el cristianismo. (…) Toda la historia moral y espiritual, social y política de Occidente es cristiana dentro de ciertos límites y, sin embargo, mina los fundamentos del cristianismo al aplicar sus principios a las cosas de este mundo , pero antes nos detendremos junto a Löwith en algunas consideraciones generales acerca de la naturaleza peculiar de esa discutida disciplina filosófica que es la filosofía de la historia.
Desde muy pronto veremos a Löwith caracterizar explícitamente la filosofía de la historia como la interpretación sistemática de la historia del mundo según un principio rector, por el que se ponen en relación acontecimientos y consecuencias históricos, refiriéndolos a un sentido último. (…) Entendida así, toda filosofía de la historia es totalmente dependiente de la teología, esto es, de la interpretación teológica de la historia en tanto historia de la salvación . Así, como avanzábamos más arriba, vemos cómo operan las tres líneas de fuerza de la interpretación de la filosofía de la historia que vamos a encontrar entrelazadas durante toda la obra: en primer lugar el término “interpretación sistemática” remite a una necesaria jerarquización, cuya guía ha de ser este “principio rector” que marca un “sentido último” o una meta (la “salvación”), en vistas al cual se organiza el conjunto total de los acontecimientos del mundo y según el cual se los juzga como necesarios, con independencia de cualesquiera otras consideraciones.
Desde luego, esta orientación de la mirada con respecto al devenir de los acontecimientos del mundo, esta peculiar disposición frente a la realidad es un fenómeno puramente moderno, cuyas particularidades no conocieron ni la visión de la teología naturalista de la antigüedad clásica, ni –en rigor- el cristianismo bajo ninguna de sus muchas manifestaciones filosóficas (en tanto que éste no toma en cuenta los hechos del mundo como criterio: el hecho fundamental –la venida de Cristo redentor- ha tenido ya lugar). La postura de Löwith, pues no se alinea con la mera identificación de la moderna filosofía de la historia como una opción entre la concepción cíclica de los griegos y la interpretación escatológica del cristianismo, sino en señalar cómo la idea misma de “filosofía de la historia” es sustancialmente el resultado de una filiación bastarda cuyo mero concepto surge de un espíritu que tiene un pie en cada una de estas posiciones: a la pregunta por el sufrimiento el mundo ocidental le ha dado dos respuestas diferentes: el mito de Prometeo y la fe en el Crucificado. Ni el paganismo ni el cristianismo se entregaron a la moderna ilusión de que la historia es una evolución progresiva, en la que el problema del mal y del sufrimiento se resuelve por su paulatina superación .
Así, vemos que es en la noción de “progreso” en la que se sustancia lo fundamental de la concepción moderna de la historia y de lo que podemos llamar más propiamente “filosofía de la historia”. Incluso aunque el pensador con que Löwith abre su análisis sobre la materia (Burckhardt) trate de negar este mismo concepto moderno de “progreso”, encontramos en él una idea estrechamente relacionada con éste, como es la de “continuidad”. En ella reconoce Löwith una herencia irrenunciable del pensamiento –diremos- progresista típicamente hegeliano-marxista de un lado y positivo-cientificista de un Comte o un Vico, por otro. En cualquier caso, la polarización, la carga de sentido, la puesta de un peso y el desequilibrio a favor de un extremo temporal futuro, cuyo valor se toma como el resultado de un progresivo avance por la acumulación –bajo la forma que sea menester- de ciertos conocimientos o experiencias de la humanidad como conjunto, es el rasgo distintivo de esta concepción moderna. Lo ilustraremos con una cita: la razón [moderna] prefiere creer en la confiable continuidad del “proceso histórico” (…); sin embargo, para ser consecuente, la confianza en la “continuidad” de la historia debería retornar a la teoría clásica de un movimiento circular; pues sólo bajo el supuesto de un movimiento sin comienzo ni fin puede acreditarse realmente la continuidad. ¿Cómo podría representarse la historia como un proceso continuo, en la forma de un preogreso lineal, sin la interrupción por un terminus a quo y un término ad quem, esto es, sin comienzo ni fin? El pensamiento moderno no tiene para esto una respuesta unívoca. (…) El espíritu moderno es indeciso, no sabe si es cristiano o pagano. Ve el mundo con dos ojos diferentes: con el de la fe y con el de la razón. Por eso, su visión, comparada con el pensamiento griego o bíblico, es necesariamente confusa . Por tratar de ponerlo en términos representativamente dinámico-espaciales, podríamos decir que la interpretación moderna de la historia es la resultante de superponer el movimiento circular del ciclo típicamente griego y la segmentación rectilínea de la escatología, de manera que los sucesos históricos son como puntos que se cargan cinéticamente en la circunferencia del tiempo clásico y son despedidos en una trayectoria rectilínea cristiana, cuyo ángulo de ascensión viene dictado por el grado de progreso que su posición en la historia les otorga. Es por esto que la representación más puramente moderna de la historia es una diagonal ascendente.
El futurismo característico de la modernidad –ya sea entendido como progreso o como mera continuidad- es, pues, fruto de esta herencia. La historia misma no puede concebirse qua talis sin esta apelación al futuro, que acarrea todo un entramado conceptual asociado entre cuyos integrantes nos encontramos con conceptos extremadamente queridos para toda la tradición del pensamiento moderno ilustrado y cuya relevancia nos persigue, en buena medida, hasta hoy mismo: el futuro es el verdadero punto candente de la historia (…). El éschaton no sólo le pone un final al curso de la historia, sino que lo articula y lo completa según una meta determinada. (…) Sólo dentro de esta demarcación escatológica del proceso histórico la historia devino “universal”. Su universalidad no descansa ya en la fe en un Señor todopoderoso, sino también en que la historia de la Humanidad se hace una, en la medida en que el Señor, desde un comienzo, la dirige a una última meta. (…) La “humanidad” jamás ha existido en un pasado histórico y tampoco puede existir en ningún presente; ella es un ideal y un ideal de futuro (…). El hombre moderno imaginó una filosofía de la historia secularizando los principios teológicos en el sentido de un progreso (…) .
Todo el texto de la cita anterior ilumina hasta qué punto la proyección de sentido es solidaria con la atribución de bloques de “unidad”. El sentido moderno es necesariamente una imagen de unidad sintética proyectada sobre elementos que en la realidad se nos aparecen como dispares. Así, reconocemos el sentido en términos como “humanidad” (unidad), historia en tanto que “universal” (atiéndase a la semántica: universal), un punto final (condensación), una meta (polo orientativo), un ideal (las ideas como concentradores de sentido por su capacidad de representar unidades no existentes en la realidad, pero propuestas como horizontes regulativos: Kant).
Nada podría quedarle más lejos a las concepciones anteriores de la historia, cuyo foco de interés era principalmente el pasado, bien como periclitada era de esplendor irrecuperable (el mito de la Edad Dorada), bien como testigo de un acontecimiento fundamental (la redención de la humanidad por el sacrificio del hijo de Dios mismo) con respecto al cual todo lo posterior no es sino epílogo y apenas postergación indeterminada de un final que está ya escrito y cuya inminencia es inevitable.
Para la mentalidad griega, la historia es historia política: es historia de los hombres y se trata fundamentalmente de una colección de hechos contingentes y netamente inmanentes que se toman como meros efectos de causas materiales –si se nos permite expresarnos de manera ciertamente anacrónica-. No había tal cosa como un posible sentido ulterior o superior en tanto que criterio de ordenación de los acontecimientos mundanos. […el pensamiento judío y el pensamiento cristiano dieron a luz a esta pregunta desmedida.] Preguntar seriamente por el último sentido de la historia trasciende toda capacidad de saber (…). Los griegos eran más humildes. No se permitieron indagar por el sentido último de la historia del mundo (…); lo inmutable, tal como aparece sobre todo en el movimiento ordenado de los astros, fue para los griegos mucho más interesante y significativo (…); se preguntaron, en primera y última instancia, por el logos del kosmos, no por el señor de la historia . Desde luego, la regularidad cíclica y la autonomía de los astros fue el modelo último por el cual los griegos construyeron su ontología, pero también por el que comprendieron que los asuntos de los hombres, en tanto que realidad contingente e infralunar, no podían interpretarse más que a la luz de las causas que hasta ellos habían conducido, de modo que el historiador clásico pregunta: “¿cómo se llegó a esto?” El moderno: “¿cómo seguirá esto?”  .
El cristianismo cifró gran parte de sus esperanzas de triunfo como cosmovisión universal (y en el pecado, como suele decirse, lleva la penitencia) en el sostenido desprestigio de la concepción pagana del tiempo. No contaba con la idea de no alzarse finalmente con el monopolio religioso de las creencias humanas y su fracaso tuvo como consecuencia postrera la secularización absoluta de la que ahora somos testigos: el hecho de que el cristianismo primitivo quitara la base de sustentación a los dioses populares y a los espíritus tutelares de los paganos creó la posibilidad de un ateísmo radical. Si se cancela la fe cristiana en un dios, que se distingue tan radicalmente del mundo como el creador de sus creaturas y, sin embargo, es la fuente de todo ser, el mundo se vuelve profano a un punto como jamás pudo haberlo sido para los paganos. (…) sólo queda una posibilidad: la de la pura contingencia de la mera “existencia”. El mundo poscristiano es una creación sin creador, un saeculum que, a falta de toda perspectiva religiosa, no es ya más profano, sino absolutamente secular .
El problema es que el advenimiento del racionalismo ilustrado propiamente moderno hizo de la cancelación de esa fe un hecho casi inmediato, con lo cual el espacio para la desesperanza estaba ya franco. Sin duda, el progreso ha venido a tratar de sustituir esa fe, esa confianza ciega que para el mundo y la visión cristianos era la esperanza. A este respecto:  la fe cristiana no es ninguna espera secular de que muy probablemente algo ocurrirá, sino que es una actitud que se funda en la fe incondicionada en el plan salvífico de Dios. (…) Las virtudes cristianas de la fe y la esperanza son dones de la gracia. Las razones para una tal fe esperanzada y sin límites no pueden descansar sobre la ponderación racional de su racionalidad. Por eso, tampoco una esperanza creyente puede jamás ser puesta en cuestión por los llamados “hechos”; no puede ser ni asegurada ni conmovida por una experiencia fáctica. (…) [la esperanza] libera al hombre del pensamiento codicioso como de una resignación que ya no espera nada . La escatología y la esperanza que para el cristiano es un divino regalo, era para los griegos uno de los males que Pandora habría desatado en el mundo al abrir la caja que lleva su nombre: (…) surge la pregunta sobre si las “últimas cosas” son realmente las primeras y si el futuro constituye el horizonte determinante de la existencia humana. Y (…) el futuro existe sólo por la anticipación en el horizonte de la esperanza y por el temor (…). La esperanza es un mal que parece ser algo bueno (…). Sin embargo, esperar un futuro mejor parece desesperante pues difícilmente haya un futuro que no desengañe nuestras esperanzas cuando aquello que se espera se ha hecho presente. (…) No obstante: el hombre mortal no puede vivir sin este dudoso don de Zeus (…). Sin esperanza, de-esperans, el hombre quedaría sumido en la desesperación .
Estamos ahora en disposición de comprender el análisis que Löwith propone cuando afirma que la sobreestimación moderna de la historia, del “mundo” como “historia”, es el resultado de nuestro distanciamiento de la teología natural de la Antigüedad y de la teología sobrenatural del cristianismo. Le es ajena tanto la sabiduría como la fe . Ya hemos visto cuál ha sido el camino por el que hemos llegado, desde la visión bíblica de la historia y del mundo como escenario para el teatro de la salvación, hasta la visión secularizada de un Burckhardt, en un proceso de creciente racionalización (es decir: de nihilización).
Que Nietzsche aparezca como invitado fuera de programa, en un apéndice, se explica por su mayor cercanía a una concepción puramente clásica del ciclo histórico (sobre esto ya se expresó Löwith por extenso en su obra De Hegel a Nietzsche , acerca de la cual no podemos pararnos a dar cuenta en la presente reseña). Pero resulta también significativo que sea Nietzsche quien, a fin de cuentas, cierre un libro como Historia del Mundo y Salvación: pareciera que Löwith quiere hallar cierto respiro no en la idea de continuidad de Burckhardt –que al fin y a la postre no es sino una mera transmutación de la esperanza cristiana, una vez pasada por el filtro del progreso humanitarista- sino en la mucho más tenebrosa respuesta nietzscheana acerca de las posibilidades y la significación de la historia , algo que no dejaría de casar con esta cita, que recogemos de la Conclusión, una frase que condensa el resultado del viaje y el recorrido que Löwith nos ha propuesto desde el comienzo mismo: el problema de la historia no puede ser resuelto en su propio terreno. En tanto que tales, los acontecimientos históricos no ofrecen la menor indicación de un sentido global y último. La historia carece absolutamente de resultado último. Jamás ha habido y jamás habrá una solución al problema que ella plantea a partir de ella misma, pues la experiencia humana de la historia es una experiencia hecha de permanentes fracasos .
Para que miremos a los hechos del mundo como insertados en algo así como una “historia”, hace ya falta que los encuadremos en el marco de una inerpretación cuyo mayor riesgo es de degenerar muy fácilmente en alguna forma de teleologismo o, en el peor de los casos, de teologismo. Es por esto que la Filosofía de la Historia es una disciplina especialmente enervante para la filosofía en tanto que esfuerzo racional por comprender la realidad y conviene tener siempre presente el origen y el aroma divino de ciertos conceptos y esquemas, para tratar de evitar indeseadas reproducciones de formas que sabemos que no pueden dar cuenta de una experiencia temporal como la humana.

A Horse with no Name

Marzo 24, 2008

He leído varios libros últimamente. Quiero decir que he terminado varios de los libros que tenía empezados. Algunos eran relecturas (es el caso del Juan de Mairena de Machado, al que le dedicaré un ECQ en breve, y cuya lectura ha sido, si no recuerdo mal, la tercera completa que hago); otros han sido, en parte continuaciones: es el caso del segundo volumen de la trilogía His Dark Materials de Philip Pullman, titulado The Subtle Knife. Otros, por último, han sido lecturas sobrevenidas de manera imprevista, como en el caso de En el Estanque, de Ha Jin, y The Road de Cormac McCarthy.

Ya he dicho que de Machado me ocuparé otro día, puesto que es un tema demasiado complejo como para abordarlo así, después de comer y de carrerilla.

Acerca de The Subtle Knife hay un par de cosillas que quisiera decir. Primero: NO es el libro que yo esperaba. En absoluto. Pullman ha conseguido hacer pasar por literatura fantástica y juvenil fácilmente bestsellerable una obra compleja y sutil, escrita con gran inteligencia. Si el tercer volumen no me defrauda, esta trilogía será parte fundamental de la bibliografía que recomiende a todos los chavales de doce o trece años en adelante que tengan la desgracia de tenerme como profesor. No quisiera desvelar nada relevante del argumento a quien no conozca la historia que se narra en His Dark Materials (que, como ya dije, se ha vertido en castellano, por cuestiones comerciales, con títulos que difieren notablemente del original: aquí se titula La Materia Oscura y su primer volumen, que debiera haberse titulado Las Luces del Norte, se ha traducido como La Brújula Dorada), pero es una historia de esas que requieren una buena dosis de autoconfianza por parte del autor en sus capacidades. No diré más, de momento, porque me queda aún un volumen. Cuando lo lea podré emitir un juicio más completo: de momento sólo diré que, para mi sorpresa, me está gustando mucho.

Por consejo de Paula leí, de una sentada, En el Estanque, de Ha Jin. Se trata de una novela divertida y bien resuelta que hace gala de una virtud siempre reseñable en un escritor: es implacable con sus personajes y domina el uso de la ironía. Al cerrar el libro tras haber leído la última página uno ve claramente cómo el autor ha sabido construir un protagonista que, de manera convincente y justificada, ha conseguido engañarse durante toda la historia y, quizás, ha conseguido engañar a ratos al lector. De manera excepcional, a veces puede incluso pensarse que ha sabido engañar al propio narrador. Pero todos sus engaños se revelan y se condensan en el acertado título. Una buena novela.

Hace poco, cuando estaba en mitad de la lectura de The Road, de McCarthy, me pudo el afán de compartir y lo recomendé a todo aquel que quisiera escucharme. Al volver de vacaciones me he encontrado con que Albiol, para mi sorpresa (bueno, seamos justos… Albiol a veces me hace caso con rapidez, aunque ignore mi consejo habitualmente, casi siempre por falta de tiempo u olvido), para mi sorpresa –decía- lo ha leído e, incluso, le ha dedicado una reseña en su blog.

Después de haberlo terminado hay un par de cosas que quisiera matizar en lo que él ha dicho. La primera es que, personalmente, le he prestado menos atención al contenido… teológico, por llamarlo de alguna manera, que él. Yo no lo he considerado tan específicamente presente. Y, si bien es cierto que las analogías son pertinentes, no creo que resulten tan entorpecedoras, ni creo que McCarthy haya pretendido abordar el tema de manera especialmente profunda.

Por otra parte, es cierto que el final resulta demasiado… esperanzador. Yo recomendé el libro sin haberlo terminado y, aunque eso no me hubiese impedido hacerlo, es verdad que lo hubiese hecho con alguna reserva. Albiol y yo ya discutimos una vez acerca de los finales esperanzadores en este tipo de historias (precisamente a propósito de la película Hijos de los Hombres, que él cita en su reseña)… Es cierto que no resulta del todo convincente, ni satisfactorio, pero quizás es el precio a pagar por la desolación del resto de la obra. Yo jamás la hubiese acabado como McCarthy lo hace, pero entiendo que es cuestión de afinidad ideológica y no de mérito literario.

Pero si hay algo con lo que no estoy de acuerdo esta vez con Albiol (y no suele esto suceder a menudo!) es con su reiterada definición de The Road como obrita. Sé que Albiol habrá manejado la traducción castellana y desconozco su calidad, pero si algo puede decirse de The Road es que está escrita en una prosa totalmente sublime; McCarthy, por poner una comparación que tú mismo, camarada Albiol, haces en tu reseña, es mil veces mejor prosista que el mejor Auster. Su inglés es afilado hasta cortar, pulcro, brillante y de una elegancia como no he visto en mucho, mucho tiempo. Quizás por eso no hemos apreciado esta vez la obra de la misma manera: yo sólo puedo decir que he visto pocos autores que escriban tan bien y tan elegantemente como lo hace McCarthy en The Road, quizás por eso no me he centrado tanto en los otros aspectos del libro. Me he dejado maravillar por la  letra y el espíritu ha ido entrando solito.

Por lo demás, hagan caso –igual que hago yo mismo- a Albiol en todo lo que diga: es un hombre sabio cuyo juicio suele ser infalible excepto cuando se pronuncia sobre música contemporánea, asunto éste en que patina miserablemente.

 

Tras esta merecida laudatio al camarada Albiol, me despido.

El próximo día, más cositas.

Ya llueve menos

Febrero 19, 2008

Hace no mucho comenté (eso creo recordar…) por estos lares que había empezado a leer Las Tribulaciones del Estudiante Torless, de Robert Musil. Leí las primeras cuarenta o cincuenta páginas de un tirón y no me gustó demasiado. No entendía qué interés tenía la obra. Lo dejé aparcado durante un tiempo. Durante un par de días conseguí abrirme camino hasta la página ochenta, más o menos: el tedio resultaba insoportable. Aquello era un ejercicio de aburrimiento y de desorientación. Ni un sólo párrafo interesante, ni un personaje que mereciese la pena. Las tribulaciones eran obviables y Törless insignificante.

Y hoy, de pronto… poco antes de alcanzar el primer centenar de páginas, cuando todo estaba ya dado por perdido, la novela ha despegado y me ha dejado boquiabierto: no he podido parar hasta terminarla. ¡Menudo ejercicio de construcción y de evolución de un personaje! Cuán maravillosamente narrado está todo, con qué exquisitez de lenguaje y ritmo, aun en la traducción castellana. Un libro fantástico, demoledor, intenso, profundo, tenebroso, iluminador… He tenido esa sensación que uno no puede evitar tener cuando lee a un escritor con mayúsculas, a un maestro de la literatura. Me parece inconcebible que de la misma pluma que firmó el primer centenar de folios hayan salido estas segundas cien páginas (es una novela realmente corta -206 páginas en la edición de Seix Barral-). Pero, en cualquier caso, nada importa: podrían haber sido cuatrocientas páginas abominables, aún así hubiese merecido la pena tragar carros y carretas para poder disfrutar del despliegue de maestría de Musil.

Esta novela ha pasado a formar parte, de inmediato, de mi lista de clásicos (será un Top… no sabría; un Top10 es demasiado poco -no puedo elegir sólo diez libros-… diremos un Top50). Ahora ya sí que no puedo resistir la idea de hacerme con El Hombre sin Atributos: si es mejor que Las Tribulaciones voy a ser un lector muy feliz dentro de muy poco.

 

Qué demonios… Musil es tan bueno que, en vez de quitarme las ganas de escribir, me las ha devuelto!

 

Otro gran autor a la lista.

Qué maravilloso es seguir descubriendo libros buenos, libros necesarios, libros que hacen saber que no todo está perdido.

Hate to say I Told You so…

Febrero 18, 2008

Atender a diversos requerimientos administrativos me ha tenido alejado de ECQ durante más tiempo del que hubiese querido. Pero como todo tiene algún lado bueno, he terminado acumulando algo de material sobre el que escribir y, tratando de disipar el sueño propio de la sobremesa invernal, héme aquí de nuevo.

Queda lejos ya, pero no quisiera dejar pasar la oportunidad de su reestreno en salas de exhibición para volver a recomendar La Soledad, y no porque ganase tres Goyas (merecidos, pero completamente innecesarios) sino porque es una de las mejores películas que he visto en mucho tiempo. Pero sobre ella ya hablé aquí mismo, así que no voy a repetirme.

Fui a ver, en compañía de Paula, varias de las películas que están nominadas a mejor ídem en la próxima gala de los Oscar, con resultados desiguales:

Expiación no es una mala película, pero es una película completamente innecesaria. Desde luego, contiene una secuencia magistralmente rodada y una excelente banda sonora, pero eso es todo lo que hay. Tanto el film, como la novela homónima en la que se inspira, comparten defectos: historia irrelevante, torpeza en la ejecución (en cuanto a estructura narrativa) y personajes obviables (a excepción del personaje de la madre; muy bien construido en la novela, pero desechado casi totalmente en la película). No merece la pena, en cualquier caso.

Juno, por su parte fue una experiencia muy agradable. Una película excelente, bien escrita, mejor dirigida e interpretada aún mejor. Ellen Page, cuyo sobresaliente trabajo en Hard Candy no elogié de manera suficiente aquí mismo, está merecidamente nominada a mejor actriz por su papel. Es cierto que el film no deja de recordar en su espíritu a Little Miss Sunshine pero eso, en mi opinión, jamás podrá ser considerado una falta. Mención aparte requiere la EXCELENTE selección de temas que conforman la Banda Sonora de la película: será, en mi opinión, la mejor -de lejos- este 2008. Es absolutamente gloriosa, captando brillantemente el tono de la película y ofreciendo cientos de horas de escucha agradecida. Un auténtico triunfo.

No Country for Old Men es una película que aquí en España está lastrada por su propia calidad, y me explicaré enseguida: Bardem y su espléndido… no, perdón, repito: Bardem y su ESPLÉNDIDO ESPLÉNDIDO trabajo van a hacer que seguramente la película funcione muy bien en taquilla (mejor que cualquier otro trabajo de los Cohen hasta la fecha). Esto, sin embargo, supone un problema: el doblaje. Casi todo el mundo irá a ver esta película en versión doblada y, con ello se perderá gran parte de lo que la hace magnífica. No se perderán el excelente montaje, ni el ritmo hipnótico, ni la bellísima fotografía, ni la cuidadísima producción de sonido… Pero sí se perderán los diálogos perfectos y es trabajo realmente sobresaliente de todos y cada uno de los actores y actrices que entregan siquiera una sola línea de esos diálogos durante el film. Es el mejor trabajo conjunto de reparto que he visto en mucho tiempo, una auténtica maravilla. Una lección de cine por parte de los Cohen, pero también por parte de Tommy Lee-Jones, Josh Brolin, Bardem y todos los demás. Si hay una película que merece todos los premios que pueda llevarse este año, estoy seguro de que es ésta. No os la perdáis por nada del mundo, pero vedla en versión original, por lo que más queráis…

La curiosidad me llevó a ver otras películas mucho menos recomendables… Cloverfield, por ejemplo (espantosamente traducida al castellano como Mostruoso). No es tan mala como muchos dicen, pero desde luego no es ni lo que yo esperaba ni tan buena como aseguran algunos. Es una película que podría haber sido realmente buena y se queda en una medianía aburrida e insulsa. Además, habiendo visto tan recientemente esa obra mestra del cine que es The Host (pónganse todos en pie, por favor…), ¿quién va a acordarse de Cloverfield dento de tres meses?

Infinitamente peor, y una de las peores películas que he visto últimamente, ha resultado ser La Brújula Dorada, asesinato cruel y premeditado adaptación de la muy recomendable novela de Philip Pullmann The Northern Lights, primera parte de la trilogía His Dark Materials (que, por fortuna llegué a leer antes de ver la película: de haber visto antes semejante bodrio jamás habría leído el libro, y hubiese sido una pena). Me asombra cómo puede llegar a destrozarse de ese modo una historia que podría haberse contado perfectamente en soporte cinematográfico. Quiero decir, entiendo que la próxima Watchmen seguramente será espantosamente mala (como ya lo fue V for Vendetta), porque no son obras que soporten bien el ser narradas cinematográficamente, como a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer una adaptación cinematográfica de Rayuela. Pero The Northern Lights sí que podía contarse en una película… en unas dos horas y media hay tiempo de sobra SI el guionista es competente. Pero eso, por lo que se ve, era demasiado pedir. Un auténtico horror. No se acercquen a ella y lean, en cambio, la novela (no respondo de la trilogía completa, pero sí del primer volumen: una lectura entretenida que no insultará la inteligencia del lector… Le tratará como si fuese un niño, pero en el mejor de los sentidos).

Y, para acabar, dos cositas: primero, una buena canción (Punkrocker, de The Teddybears -demostrando que cuatro acordes y un Iggy Pop valen más que la carrera completa de Blink182 y demás mierdas por el estilo-); en segundo lugar, la triste confirmación de que más vale estudiar teología que periodismo: de nuevo CNN+, de nuevo El Debate, de nuevo un teólogo, esta vez enfrentado a un periodista a sueldo de La Razón (ese diario que personifica el oxímoron y la contradictio in adjecto). De nuevo acabé con un cabreo monumental por tener que darle la razón a un teólogo. Qué cosas…

 

Como dijo Nietzsche, quien durante largo tiempo ha cargado con cadenas tiene un fino oído para detectarlas.

Yo estudié en colegio de curas.

Debe ser eso.

Otro día, más cositas.

Die Welt ist alles, was der Fall ist.

Enero 22, 2008

Recuerdo haber visto El Día de la Bestia con Norman (podéis leer su muy recomendable blog Homeless) en el desaparecido cine Aragón hace ya bastantes años. La calefacción en la sala era espantosa y me pasé toda la peli medio tiritando. Por supuesto, no me importó lo más mínimo. Me encantó aquella película y he visto casi todo lo que Alex de la Iglesia ha hecho desde entonces -incluso leí su novela, titulada Payasos en la Lavadora (aunque no era muy buena, la verdad), por mediación de Paula-. Y lo cierto es que mi admiración por el director vasco es ilimitada, aunque debo reconocer que no le admiro como director de cine, sino como persona. Esto no deja de ser preocupante, porque en realidad la de director es la única dimensión de su personalidad que conozco de manera directa: jamás he hablado con él, ni creo haberle visto en directo siquiera. Así que admiro de él algo que desconozco, y que, en gran medida, he construido sobre una base completamente imaginaria. Me inspira el deseo de que las cosas le vayan siempre bien y la buena imagen que de él tengo no se ha empañado aun a pesar de que ninguna película suya me ha gustado desde El Día de la Bestia (aunque su colaboración en Historias para no Dormir no estaba mal y siempre hay algo que se salva en sus trabajos).

Es por todo esto que me ha hecho feliz poder disfrutar sin reparos de su última película: Los Crímenes de Oxford. Es una película estupenda, entretenida, inteligente, clásica en el mejor sentido del término y nada pretenciosa, respetuosa con quien se ha dejado seis euros en la taquilla para verla y que sólo se ve ligeramente empañada por el trabajo un tanto pastoso de Leonor Watling. Ese papel era para otra actriz, preferiblemente no española. Todo lo demás es fantástico, eso sí. Gloriosas referencias a V for Vendetta (el cómic, claro, no esa mierda de película de hace un par de años), a Welles, a Hitchcock, homenaje a Wittgenstein (incluso alguno velado como el nombre del personaje de Mrs. Eagleton) incluido. Es verdad que algunas cosas son inexactas y que, por ejemplo, la objeción que el personaje interpretado por Elijah Wood le plantea al profesor Seldom (John Hurt) acerca del Tractatus no tiene ningún sentido si se ha leído la obra de Wittgenstein. Bueno, son cosas que pasan. No importa: ¿una peli protagonizada por un profesor de lógica, un estudiante de matemáticas y basada en detalles teóricos de la obra de Wittgenstein? ¿Y además divertida? Me apunto siempre.

No se puede decir lo mismo de la última película que he visto en el cine (en compañía, también, de Norman y Paula): 1408. Que no iba a ser muy buena se veía venir, es cierto, pero eso no importa demasiado si está protagonizada por John Cusack. Pero aquí de lo que se trata no es de si era mala, sino de lo inmensamente aburrida que resulta. Un auténtico coñazo infumable… Prohibido acercarse a menos de diez metros de cualquier rollo de este film, bajo riesgo de narcolepsia asesina. Un espanto, oigan.

 

Volviendo al mundo de las cosas que merecen la pena, es imperativo recomendar aquí tres libros absolutamente preciosos, inteligentes, divertidos, elegantes y que absolutamente cualquiera, con independencia de su edad y condición, puede y debe disfrutar con asombro. Su autor es Istvan Banyai (la influencia del maestro Moebius es fuerte en él…) y se titulan Zoom, Re-Zoom y El Otro Lado. Son libros de ilustraciones y prefiero no entrar en detalles acerca de su contenido, pues la primera vivencia de estos tomitos ha de estar lo menos mediada conceptualmente que se pueda. No puedo hacer menos que recomendarlos vivísimamente. Están publicados por FCE y, además, son económicamente muy asequibles. No los dejéis escapar: son el equivalente, en términos de alimento para hemisferios cerebrales derechos, del bacalao al pilpil. Regaláos una racioncita.

 

No digo más.

Qué post más pesado me ha quedado hoy, no?

Otro día, más y (esperemos) mejor.