All that jazz

Cuando tenía diecisiete o dieciocho años leí On the Road y Rayuela y, claro, tuve la necesidad inaplazable de comenzar a escuchar jazz. Nadie en mi familia escuchaba ese tipo de música. Mi padre, es cierto, tenía álbumes de Gato Barbieri, de Grover Washington Jr. o de Chuck Mangione, músicos todos a los que tengo un gran aprecio, heredado del suyo. Pero difícilmente podía compararse aquello con el jazz que yo quería, que yo necesitaba escuchar sin demora. Pero, ¿por dónde empezar? No tenía la posibilidad, como la hubiese tenido ahora cualquier joven en mi misma situación, de acudir a Google y teclear “jazz”. Si lo hubiese hecho, mil fuentes distintas me podrían haber informado acerca de los grandes genios del jazz, podría haber visto sus interpretaciones clásicas en Youtube, podría haber preguntado a expertos en algún foro, podría haber rastreado miles de temas en iTunes o Amazon y, apenas un par de horas después, hubiera tecleado “jazz download”, y habría tenido una inmensidad inabarcable de estilos e intérpretes a mi disposición.

Privado como estaba de estas opciones, hice lo que sabía: fui a la tienda de discos de mi barrio y me compré un recopilatorio de Blue Note Records, con piezas de Bud Powell, de Miles, de Coltrane, de Art Blakey, Thelonious Monk o Horace Silver. Es decir: me gasté todo el dinero que tenía en un disco del que no sabía absolutamente nada, desconociendo si iba a gustarme o no. Lo escuché mil veces y fui anotando qué temas me gustaban más, quiénes los tocaban, quiénes formaban los conjuntos, en qué años estaban grabados, y así fui explorando poco a poco entre los discos de aquella tienda, buscando siempre cosas nuevas. Con el tiempo, fui desarrollando mi propio criterio, nacido de la paciencia y la inversión de tiempo y esfuerzo.

Me pregunto qué habría pasado si entonces hubiese tenido 300 Gb llenas de música. Quizás no les hubiese dedicado la atención suficiente, quizás el deseo de escucharlas todas habría hecho que no le dedicase el tiempo necesario a cada una, que no pudiese asimilar lo que escuchaba, como me pasa ahora. En cualquier caso, echo de menos ese requisito de tener que trabajar el gusto, de tener dedicarle tiempo y esfuerzo a algo, de no poder decir “déjame una semana y tendré todo lo que se debe tener de cualquier cosa”, que es exactamente lo que hago ahora cuando descubro algo que me gusta: acaparo todo lo que debo tener y luego ya veremos si tengo tiempo de escucharlo alguna vez.

Y, sin embargo, no renunciaría jamás a la facilidad del presente: esto no es una diatriba contra los males de la tecnología, es solo un ejercicio de nostalgia y, como tal, necesariamente también de autocomplacencia.

Advertisement

2 comentarios

Archivado bajo Cosas que pasan

2 Respuestas a All that jazz

  1. Sabe, recuerdo cuando estaba aprendiendo a tocar el piano. En mi inconsciente y alocado frenesí juvenil no se me ocurrió otra cosa que comprarme un libro de partituras de Duke Ellington.

    Nunca pude con él. Con ninguna. No pude ser pianista de jazz porque no fui capaz de entender como se toca el jazz.

    Tuve que conformarme con seguir escuchando al propio Ellington, a Coltrane, a Davis y Monk, entre otros. Si se me negó la posibilidad de tocar su música, al menos se me concedió el privilegio de entenderla y amarla.

    Gran entrada, muy grande.

  2. Precisamente hoy, en una clase extremadamente satisfactoria y amplia, tratábamos ese tema en relación a la información y a sus fuentes, lo cual se puede trasladar perfectamente a la cuestión de la música.

    La llegada de internet ha provocado que prácticamente todo el conocimiento y la información del mundo (y más) esté a nuestro alcance, pero eso ha acabado siendo un arma de doble filo: al mismo tiempo que especializa los contenido también dificulta su acceso, convirtiendo a la mayor parte de los temas en algo difícilmente abarcable, por no decir imposible. Esto sucede también con la música: donde antes se elaboraba un criterio propio que surgía mediante pequeños intercambios de vinilos/cassettes/cd’s con algún vecino o amigo, o de pequeños programas de radio que suponían en algunos caso un soplo de aire fresco dentro de la viciada atmósfera de las llamadas “radiofórmulas”, ahora toda la música del mundo está a nuestro alcance con un simple par de clicks, ya sea de manera legal o ilegal. Esto, que es en parte beneficioso -ya que a personas con un determinado gusto o con la curiosidad de descubrir/comprender un género concreto pueden acceder a canciones de todo tipo o indagar más fácilmente en su historia- supone también una saturación que, en muchos casos, frena ese conocimiento.

    Obviamente, como bien apuntas al final, no es nuestra intención menospreciar los nuevos sistemas. De hecho, algunos como Spotify y similares han provocado que descubra y posteriormente vea a grupos de los cuales, sin todas estas herramientas, no hubiera oído hablar nunca. La nostalgia puede ser mala consejera, pero en estos casos no está mal echar la vista atrás y con una mirada crítica recordar una etapa de descubrimiento más personal que la actual.

Deja un comentario

Please log in using one of these methods to post your comment:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s