Shonïn, el maestro japonés de Paul, uno de los protagonistas de Los meteoros de Michel Tournier, le dice:
«¿Por qué esculpir con un martillo, un cincel o una sierra? ¿Por qué hacer sufrir a la piedra y hundir su alma en la desesperación? El artista es un contemplador. El artista esculpe con la mirada.
(…)
El escultor-poeta no es un rompedor de piedras. Las playas de las mil cuarenta y dos islas niponas y los flancos de nuestras setecientas ochenta y tres mil doscientas veinticuatro montañas están sembrados de una infinidad de fragmentos rocosos y guijarros. Ahí está la belleza, ciertamente, pero tan disimulada y oculta como la de la estatua que vuestro escultor saca del bloque de mármol a golpes de martillo. Para crear esta belleza no hay más que saber mirar. Verás en los jardines del siglo X piedras elegidas entonces por geniales recogedores. Esas piedras tienen un estilo incomparable, inimitable. Sí, las playas y las montañas niponas no han cambiado desde hace nueve siglos. Los mismos fragmentos rocosos, los mismos guijarros se encuentran dispersos en ellas. Pero se ha perdido para siempre el instrumento para recogerlos, la mirada del hombre. Nunca más se encontrarán piedras como estas. Y lo mismo ocurre con cada jardín creado. Las piedras que lo habitan son la obra de una mirada que dejó las pruebas de su genialidad, pero se ha llevado consigo el secreto para siempre».

Dios mío de mi vida, esto es acojonante.