Karl Löwith: Historia del Mundo y Salvación. Una reseña.

Mayo 13, 2009 by cohaagen

Esto que sigue es una recensión que he tenido que escribir para una asignatura del máster de filosofía. He descubierto que desde que escribo reseñas regularmente en ciertos sitios de internet, he terminado por desarrollar cierta facilidad para el tema (eso no quiere decir que estén bien hechas, sino que no me cuesta tanto como antes redactarlas!!). Sin más preámbulos, el tocho (está sin corregir y le faltan las referencias de los textos porque al volcar el .docx se han perdido las notas al pie):

No se puede decir que Karl Löwith tuviese alguna clase de dudas o de miramientos a la hora de redactar Historia del Mundo y Salvación; el subtítulo de la obra (que significativamente reza: “los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia”) deja bastante clara la posición del autor con respecto al asunto. Bastante menos evidente en su orientación, pero no por ello menos significativo y revelador acerca de su contenido, era el título con el que vio la luz por vez primera en la edición estadounidense (1949): Meaning in HistoryEl Significado en la Historia-. Esta primera formulación, menos combativa pero igualmente aclaratoria, pone en juego el tercero de los ejes sobre los que Löwith va a desarrollar su análisis de las relaciones entre las diversas concepciones acerca de la historia –esa peculiar disposición bajo la que vivimos o experimentamos la relación entre el tiempo y el sentido-, la salvación/redención y la articulación de ambas como un género específico de significado racional o, al menos, razonable puesto que el rótulo “filosofía de…” no parece exigir menos que eso. La cuestión, en primera instancia, consistirá en ver hasta qué punto estos tres ejes (historia, salvación y significado) no son sino tres formulaciones de un mismo dispositivo y si la solidaridad entre ellos no es fruto de una interna copertenencia de todos bajo una idea común.
Para esta tarea, el propio Löwith propone un recorrido por las diversas aproximaciones que la filosofía occidental ha ido presentando ante el fenómeno histórico, y lo hace comenzando por aquellas más cercanas en el tiempo (Buckhardt) para después ir rastreando, a contra corriente, las fuentes del hecho que reconoce como faktum inicial –la actual situación de secularización total del mundo- hasta un origen que él identifica con la fatal inyección de plusvalor significativo que la visión bíblica (judía, en un principio, y específicamente cristiana después) ha aportado a la vivencia humana del conflicto entre existencia, sufrimiento y mundo. A este respecto, aclara el autor que [Historia del Mundo y Salvación] querría mostrar que la filosofía moderna de la historia arraiga en la fe bíblica en la consumación y termina con la secularización de su paradigma escatológico. En seguida veremos cómo se conjuga este proceso que ha terminado arrojando sobre la historia moderna una luz paradójica: ella [la historia misma] es cristiana por su origen y anticristiana por su resultado. Ambos aspectos resultan del éxito mundano del cristianismo y, al mismo tiempo, de su fracaso de convertir el mundo en un mundo para el cristianismo. (…) Toda la historia moral y espiritual, social y política de Occidente es cristiana dentro de ciertos límites y, sin embargo, mina los fundamentos del cristianismo al aplicar sus principios a las cosas de este mundo , pero antes nos detendremos junto a Löwith en algunas consideraciones generales acerca de la naturaleza peculiar de esa discutida disciplina filosófica que es la filosofía de la historia.
Desde muy pronto veremos a Löwith caracterizar explícitamente la filosofía de la historia como la interpretación sistemática de la historia del mundo según un principio rector, por el que se ponen en relación acontecimientos y consecuencias históricos, refiriéndolos a un sentido último. (…) Entendida así, toda filosofía de la historia es totalmente dependiente de la teología, esto es, de la interpretación teológica de la historia en tanto historia de la salvación . Así, como avanzábamos más arriba, vemos cómo operan las tres líneas de fuerza de la interpretación de la filosofía de la historia que vamos a encontrar entrelazadas durante toda la obra: en primer lugar el término “interpretación sistemática” remite a una necesaria jerarquización, cuya guía ha de ser este “principio rector” que marca un “sentido último” o una meta (la “salvación”), en vistas al cual se organiza el conjunto total de los acontecimientos del mundo y según el cual se los juzga como necesarios, con independencia de cualesquiera otras consideraciones.
Desde luego, esta orientación de la mirada con respecto al devenir de los acontecimientos del mundo, esta peculiar disposición frente a la realidad es un fenómeno puramente moderno, cuyas particularidades no conocieron ni la visión de la teología naturalista de la antigüedad clásica, ni –en rigor- el cristianismo bajo ninguna de sus muchas manifestaciones filosóficas (en tanto que éste no toma en cuenta los hechos del mundo como criterio: el hecho fundamental –la venida de Cristo redentor- ha tenido ya lugar). La postura de Löwith, pues no se alinea con la mera identificación de la moderna filosofía de la historia como una opción entre la concepción cíclica de los griegos y la interpretación escatológica del cristianismo, sino en señalar cómo la idea misma de “filosofía de la historia” es sustancialmente el resultado de una filiación bastarda cuyo mero concepto surge de un espíritu que tiene un pie en cada una de estas posiciones: a la pregunta por el sufrimiento el mundo ocidental le ha dado dos respuestas diferentes: el mito de Prometeo y la fe en el Crucificado. Ni el paganismo ni el cristianismo se entregaron a la moderna ilusión de que la historia es una evolución progresiva, en la que el problema del mal y del sufrimiento se resuelve por su paulatina superación .
Así, vemos que es en la noción de “progreso” en la que se sustancia lo fundamental de la concepción moderna de la historia y de lo que podemos llamar más propiamente “filosofía de la historia”. Incluso aunque el pensador con que Löwith abre su análisis sobre la materia (Burckhardt) trate de negar este mismo concepto moderno de “progreso”, encontramos en él una idea estrechamente relacionada con éste, como es la de “continuidad”. En ella reconoce Löwith una herencia irrenunciable del pensamiento –diremos- progresista típicamente hegeliano-marxista de un lado y positivo-cientificista de un Comte o un Vico, por otro. En cualquier caso, la polarización, la carga de sentido, la puesta de un peso y el desequilibrio a favor de un extremo temporal futuro, cuyo valor se toma como el resultado de un progresivo avance por la acumulación –bajo la forma que sea menester- de ciertos conocimientos o experiencias de la humanidad como conjunto, es el rasgo distintivo de esta concepción moderna. Lo ilustraremos con una cita: la razón [moderna] prefiere creer en la confiable continuidad del “proceso histórico” (…); sin embargo, para ser consecuente, la confianza en la “continuidad” de la historia debería retornar a la teoría clásica de un movimiento circular; pues sólo bajo el supuesto de un movimiento sin comienzo ni fin puede acreditarse realmente la continuidad. ¿Cómo podría representarse la historia como un proceso continuo, en la forma de un preogreso lineal, sin la interrupción por un terminus a quo y un término ad quem, esto es, sin comienzo ni fin? El pensamiento moderno no tiene para esto una respuesta unívoca. (…) El espíritu moderno es indeciso, no sabe si es cristiano o pagano. Ve el mundo con dos ojos diferentes: con el de la fe y con el de la razón. Por eso, su visión, comparada con el pensamiento griego o bíblico, es necesariamente confusa . Por tratar de ponerlo en términos representativamente dinámico-espaciales, podríamos decir que la interpretación moderna de la historia es la resultante de superponer el movimiento circular del ciclo típicamente griego y la segmentación rectilínea de la escatología, de manera que los sucesos históricos son como puntos que se cargan cinéticamente en la circunferencia del tiempo clásico y son despedidos en una trayectoria rectilínea cristiana, cuyo ángulo de ascensión viene dictado por el grado de progreso que su posición en la historia les otorga. Es por esto que la representación más puramente moderna de la historia es una diagonal ascendente.
El futurismo característico de la modernidad –ya sea entendido como progreso o como mera continuidad- es, pues, fruto de esta herencia. La historia misma no puede concebirse qua talis sin esta apelación al futuro, que acarrea todo un entramado conceptual asociado entre cuyos integrantes nos encontramos con conceptos extremadamente queridos para toda la tradición del pensamiento moderno ilustrado y cuya relevancia nos persigue, en buena medida, hasta hoy mismo: el futuro es el verdadero punto candente de la historia (…). El éschaton no sólo le pone un final al curso de la historia, sino que lo articula y lo completa según una meta determinada. (…) Sólo dentro de esta demarcación escatológica del proceso histórico la historia devino “universal”. Su universalidad no descansa ya en la fe en un Señor todopoderoso, sino también en que la historia de la Humanidad se hace una, en la medida en que el Señor, desde un comienzo, la dirige a una última meta. (…) La “humanidad” jamás ha existido en un pasado histórico y tampoco puede existir en ningún presente; ella es un ideal y un ideal de futuro (…). El hombre moderno imaginó una filosofía de la historia secularizando los principios teológicos en el sentido de un progreso (…) .
Todo el texto de la cita anterior ilumina hasta qué punto la proyección de sentido es solidaria con la atribución de bloques de “unidad”. El sentido moderno es necesariamente una imagen de unidad sintética proyectada sobre elementos que en la realidad se nos aparecen como dispares. Así, reconocemos el sentido en términos como “humanidad” (unidad), historia en tanto que “universal” (atiéndase a la semántica: universal), un punto final (condensación), una meta (polo orientativo), un ideal (las ideas como concentradores de sentido por su capacidad de representar unidades no existentes en la realidad, pero propuestas como horizontes regulativos: Kant).
Nada podría quedarle más lejos a las concepciones anteriores de la historia, cuyo foco de interés era principalmente el pasado, bien como periclitada era de esplendor irrecuperable (el mito de la Edad Dorada), bien como testigo de un acontecimiento fundamental (la redención de la humanidad por el sacrificio del hijo de Dios mismo) con respecto al cual todo lo posterior no es sino epílogo y apenas postergación indeterminada de un final que está ya escrito y cuya inminencia es inevitable.
Para la mentalidad griega, la historia es historia política: es historia de los hombres y se trata fundamentalmente de una colección de hechos contingentes y netamente inmanentes que se toman como meros efectos de causas materiales –si se nos permite expresarnos de manera ciertamente anacrónica-. No había tal cosa como un posible sentido ulterior o superior en tanto que criterio de ordenación de los acontecimientos mundanos. […el pensamiento judío y el pensamiento cristiano dieron a luz a esta pregunta desmedida.] Preguntar seriamente por el último sentido de la historia trasciende toda capacidad de saber (…). Los griegos eran más humildes. No se permitieron indagar por el sentido último de la historia del mundo (…); lo inmutable, tal como aparece sobre todo en el movimiento ordenado de los astros, fue para los griegos mucho más interesante y significativo (…); se preguntaron, en primera y última instancia, por el logos del kosmos, no por el señor de la historia . Desde luego, la regularidad cíclica y la autonomía de los astros fue el modelo último por el cual los griegos construyeron su ontología, pero también por el que comprendieron que los asuntos de los hombres, en tanto que realidad contingente e infralunar, no podían interpretarse más que a la luz de las causas que hasta ellos habían conducido, de modo que el historiador clásico pregunta: “¿cómo se llegó a esto?” El moderno: “¿cómo seguirá esto?”  .
El cristianismo cifró gran parte de sus esperanzas de triunfo como cosmovisión universal (y en el pecado, como suele decirse, lleva la penitencia) en el sostenido desprestigio de la concepción pagana del tiempo. No contaba con la idea de no alzarse finalmente con el monopolio religioso de las creencias humanas y su fracaso tuvo como consecuencia postrera la secularización absoluta de la que ahora somos testigos: el hecho de que el cristianismo primitivo quitara la base de sustentación a los dioses populares y a los espíritus tutelares de los paganos creó la posibilidad de un ateísmo radical. Si se cancela la fe cristiana en un dios, que se distingue tan radicalmente del mundo como el creador de sus creaturas y, sin embargo, es la fuente de todo ser, el mundo se vuelve profano a un punto como jamás pudo haberlo sido para los paganos. (…) sólo queda una posibilidad: la de la pura contingencia de la mera “existencia”. El mundo poscristiano es una creación sin creador, un saeculum que, a falta de toda perspectiva religiosa, no es ya más profano, sino absolutamente secular .
El problema es que el advenimiento del racionalismo ilustrado propiamente moderno hizo de la cancelación de esa fe un hecho casi inmediato, con lo cual el espacio para la desesperanza estaba ya franco. Sin duda, el progreso ha venido a tratar de sustituir esa fe, esa confianza ciega que para el mundo y la visión cristianos era la esperanza. A este respecto:  la fe cristiana no es ninguna espera secular de que muy probablemente algo ocurrirá, sino que es una actitud que se funda en la fe incondicionada en el plan salvífico de Dios. (…) Las virtudes cristianas de la fe y la esperanza son dones de la gracia. Las razones para una tal fe esperanzada y sin límites no pueden descansar sobre la ponderación racional de su racionalidad. Por eso, tampoco una esperanza creyente puede jamás ser puesta en cuestión por los llamados “hechos”; no puede ser ni asegurada ni conmovida por una experiencia fáctica. (…) [la esperanza] libera al hombre del pensamiento codicioso como de una resignación que ya no espera nada . La escatología y la esperanza que para el cristiano es un divino regalo, era para los griegos uno de los males que Pandora habría desatado en el mundo al abrir la caja que lleva su nombre: (…) surge la pregunta sobre si las “últimas cosas” son realmente las primeras y si el futuro constituye el horizonte determinante de la existencia humana. Y (…) el futuro existe sólo por la anticipación en el horizonte de la esperanza y por el temor (…). La esperanza es un mal que parece ser algo bueno (…). Sin embargo, esperar un futuro mejor parece desesperante pues difícilmente haya un futuro que no desengañe nuestras esperanzas cuando aquello que se espera se ha hecho presente. (…) No obstante: el hombre mortal no puede vivir sin este dudoso don de Zeus (…). Sin esperanza, de-esperans, el hombre quedaría sumido en la desesperación .
Estamos ahora en disposición de comprender el análisis que Löwith propone cuando afirma que la sobreestimación moderna de la historia, del “mundo” como “historia”, es el resultado de nuestro distanciamiento de la teología natural de la Antigüedad y de la teología sobrenatural del cristianismo. Le es ajena tanto la sabiduría como la fe . Ya hemos visto cuál ha sido el camino por el que hemos llegado, desde la visión bíblica de la historia y del mundo como escenario para el teatro de la salvación, hasta la visión secularizada de un Burckhardt, en un proceso de creciente racionalización (es decir: de nihilización).
Que Nietzsche aparezca como invitado fuera de programa, en un apéndice, se explica por su mayor cercanía a una concepción puramente clásica del ciclo histórico (sobre esto ya se expresó Löwith por extenso en su obra De Hegel a Nietzsche , acerca de la cual no podemos pararnos a dar cuenta en la presente reseña). Pero resulta también significativo que sea Nietzsche quien, a fin de cuentas, cierre un libro como Historia del Mundo y Salvación: pareciera que Löwith quiere hallar cierto respiro no en la idea de continuidad de Burckhardt –que al fin y a la postre no es sino una mera transmutación de la esperanza cristiana, una vez pasada por el filtro del progreso humanitarista- sino en la mucho más tenebrosa respuesta nietzscheana acerca de las posibilidades y la significación de la historia , algo que no dejaría de casar con esta cita, que recogemos de la Conclusión, una frase que condensa el resultado del viaje y el recorrido que Löwith nos ha propuesto desde el comienzo mismo: el problema de la historia no puede ser resuelto en su propio terreno. En tanto que tales, los acontecimientos históricos no ofrecen la menor indicación de un sentido global y último. La historia carece absolutamente de resultado último. Jamás ha habido y jamás habrá una solución al problema que ella plantea a partir de ella misma, pues la experiencia humana de la historia es una experiencia hecha de permanentes fracasos .
Para que miremos a los hechos del mundo como insertados en algo así como una “historia”, hace ya falta que los encuadremos en el marco de una inerpretación cuyo mayor riesgo es de degenerar muy fácilmente en alguna forma de teleologismo o, en el peor de los casos, de teologismo. Es por esto que la Filosofía de la Historia es una disciplina especialmente enervante para la filosofía en tanto que esfuerzo racional por comprender la realidad y conviene tener siempre presente el origen y el aroma divino de ciertos conceptos y esquemas, para tratar de evitar indeseadas reproducciones de formas que sabemos que no pueden dar cuenta de una experiencia temporal como la humana.

Behold: The Necromancer!!

Mayo 13, 2009 by cohaagen

Oh, milagro de milagros: a partir de la semana que viene ECQ volverá a funcionar regularmente, principalmente como soporte para el desarrollo de una serie de textos que espero luego poder recomponer, con mayor o menor fortuna, en forma de trabajo. Esperemos poder hacerle un lavadito de cara, ya que estamos.

Ya nos veremos, pues!

Hasta entonces.

A Gentle Reminder

Mayo 10, 2008 by cohaagen

ECQ no ha muerto todavía, pero estoy muy liado y su ya deplorable salud se ha visto perjudicada.

Hale hale, sana sana, culito de rana.

Dentro de poco volverán las consabidas críticas pedantes y los breves accesos de furia. Mientras tanto sólo dos recomendaciones: The Mande Variations, de Toumani Diabaté (qué gozada de disco, por el amor de dios… de lo mejor que he escuchado en mucho tiempo) y, si tenéis aprecio por vuestra salud mental NO veáis bajo ningún concepto -si os cruzáis por un casual con ella- una película llamada The Black Door; es tan mala y falla a tantos niveles que no sabría ni por dónde empezar.

Hablaré de ambas cosas -y espero que de alguna más- en cuanto me sea posible recuperar el ritmo normal de posteo en ECQ.

Así que nada: otro día, más cositas.

A Horse with no Name

Marzo 24, 2008 by cohaagen

He leído varios libros últimamente. Quiero decir que he terminado varios de los libros que tenía empezados. Algunos eran relecturas (es el caso del Juan de Mairena de Machado, al que le dedicaré un ECQ en breve, y cuya lectura ha sido, si no recuerdo mal, la tercera completa que hago); otros han sido, en parte continuaciones: es el caso del segundo volumen de la trilogía His Dark Materials de Philip Pullman, titulado The Subtle Knife. Otros, por último, han sido lecturas sobrevenidas de manera imprevista, como en el caso de En el Estanque, de Ha Jin, y The Road de Cormac McCarthy.

Ya he dicho que de Machado me ocuparé otro día, puesto que es un tema demasiado complejo como para abordarlo así, después de comer y de carrerilla.

Acerca de The Subtle Knife hay un par de cosillas que quisiera decir. Primero: NO es el libro que yo esperaba. En absoluto. Pullman ha conseguido hacer pasar por literatura fantástica y juvenil fácilmente bestsellerable una obra compleja y sutil, escrita con gran inteligencia. Si el tercer volumen no me defrauda, esta trilogía será parte fundamental de la bibliografía que recomiende a todos los chavales de doce o trece años en adelante que tengan la desgracia de tenerme como profesor. No quisiera desvelar nada relevante del argumento a quien no conozca la historia que se narra en His Dark Materials (que, como ya dije, se ha vertido en castellano, por cuestiones comerciales, con títulos que difieren notablemente del original: aquí se titula La Materia Oscura y su primer volumen, que debiera haberse titulado Las Luces del Norte, se ha traducido como La Brújula Dorada), pero es una historia de esas que requieren una buena dosis de autoconfianza por parte del autor en sus capacidades. No diré más, de momento, porque me queda aún un volumen. Cuando lo lea podré emitir un juicio más completo: de momento sólo diré que, para mi sorpresa, me está gustando mucho.

Por consejo de Paula leí, de una sentada, En el Estanque, de Ha Jin. Se trata de una novela divertida y bien resuelta que hace gala de una virtud siempre reseñable en un escritor: es implacable con sus personajes y domina el uso de la ironía. Al cerrar el libro tras haber leído la última página uno ve claramente cómo el autor ha sabido construir un protagonista que, de manera convincente y justificada, ha conseguido engañarse durante toda la historia y, quizás, ha conseguido engañar a ratos al lector. De manera excepcional, a veces puede incluso pensarse que ha sabido engañar al propio narrador. Pero todos sus engaños se revelan y se condensan en el acertado título. Una buena novela.

Hace poco, cuando estaba en mitad de la lectura de The Road, de McCarthy, me pudo el afán de compartir y lo recomendé a todo aquel que quisiera escucharme. Al volver de vacaciones me he encontrado con que Albiol, para mi sorpresa (bueno, seamos justos… Albiol a veces me hace caso con rapidez, aunque ignore mi consejo habitualmente, casi siempre por falta de tiempo u olvido), para mi sorpresa –decía- lo ha leído e, incluso, le ha dedicado una reseña en su blog.

Después de haberlo terminado hay un par de cosas que quisiera matizar en lo que él ha dicho. La primera es que, personalmente, le he prestado menos atención al contenido… teológico, por llamarlo de alguna manera, que él. Yo no lo he considerado tan específicamente presente. Y, si bien es cierto que las analogías son pertinentes, no creo que resulten tan entorpecedoras, ni creo que McCarthy haya pretendido abordar el tema de manera especialmente profunda.

Por otra parte, es cierto que el final resulta demasiado… esperanzador. Yo recomendé el libro sin haberlo terminado y, aunque eso no me hubiese impedido hacerlo, es verdad que lo hubiese hecho con alguna reserva. Albiol y yo ya discutimos una vez acerca de los finales esperanzadores en este tipo de historias (precisamente a propósito de la película Hijos de los Hombres, que él cita en su reseña)… Es cierto que no resulta del todo convincente, ni satisfactorio, pero quizás es el precio a pagar por la desolación del resto de la obra. Yo jamás la hubiese acabado como McCarthy lo hace, pero entiendo que es cuestión de afinidad ideológica y no de mérito literario.

Pero si hay algo con lo que no estoy de acuerdo esta vez con Albiol (y no suele esto suceder a menudo!) es con su reiterada definición de The Road como obrita. Sé que Albiol habrá manejado la traducción castellana y desconozco su calidad, pero si algo puede decirse de The Road es que está escrita en una prosa totalmente sublime; McCarthy, por poner una comparación que tú mismo, camarada Albiol, haces en tu reseña, es mil veces mejor prosista que el mejor Auster. Su inglés es afilado hasta cortar, pulcro, brillante y de una elegancia como no he visto en mucho, mucho tiempo. Quizás por eso no hemos apreciado esta vez la obra de la misma manera: yo sólo puedo decir que he visto pocos autores que escriban tan bien y tan elegantemente como lo hace McCarthy en The Road, quizás por eso no me he centrado tanto en los otros aspectos del libro. Me he dejado maravillar por la  letra y el espíritu ha ido entrando solito.

Por lo demás, hagan caso –igual que hago yo mismo- a Albiol en todo lo que diga: es un hombre sabio cuyo juicio suele ser infalible excepto cuando se pronuncia sobre música contemporánea, asunto éste en que patina miserablemente.

 

Tras esta merecida laudatio al camarada Albiol, me despido.

El próximo día, más cositas.

Geometría diminuta

Febrero 24, 2008 by cohaagen

No sé cuántas veces habré visto Blade Runner. Han sido, a lo largo de los años, muchas y hace ya tiempo que perdí, no ya la cuenta, sino la inercia de pararme a contar. He visto todas las diferentes versiones, ediciones y montajes. La he visto en VHS, en una versión volcada de Betamax, codificada en diferentes formatos digitales y en DVD. La he visto doblada y en versión original. He escuchado su banda sonora mil y una veces, tanto la versión original como la orquestada y la reciente edición (fabulosa e impagable) en tres discos. Creo que no me he sometido tan constante y servilmente a una obra de arte jamás como lo he hecho con ella.

Hace un par de días me compré por fin la edición remasterizada con el montaje definitivo de Ridley Scott. Lo hice pensando que quería ver los nuevos insertos, los pequeños detalles, todo el metraje nuevo que hubiesen insertado. Y, en cuanto me senté a verla, me olvidé de todas esas estupideces. Si hay algún motivo por el que merezca la pena tener esta edición es por la copia en sí misma: la pulcritud del sonido y de la imagen. La remasterización es absolutamente perfecta. El sonido es prístino, brillante, vibrante y denso. La luz y los colores, los matices, los efectos… es una delicia para los sentidos como no he visto niguna otra. De hecho, aunque cuenta con un guión magistral, un montaje perfecto, unas interpretaciones asombrosas y una gran historia, ni siquiera me voy a molestar en hablar de esos detalles…

Es una película visual y sonoramente tan sublime que no hay palabras para describir el efecto que tiene sobre mí. Hay planos en Blade Runner ante cuya simple contemplación me cuesta enormemente contener las lágrimas. Hay algunos, incluso, cuyo mero recuerdo basta para inutilizarme, al menos durante un buen lapso de tiempo. Todo en esta película está inundado de una cualidad hipnótica, como si algo bajo su superficie estuviese vibrando en la misma frecuencia y con el mismo tono que las partículas de las que están formadas las emociones y los humores en mi cerebro (y sé que la banda sonora de Vangelis -y no me refiero sólo a la música, hablo del conjunto del sonido en la película- tiene mucho que ver con ello). Cuando termina, me sé diferente a como era antes de verla; algo cambia y se remueve en mí cada vez que la veo. Y, de entre todas las veces que la he visto, ésta última ha sido, con diferencia, la mejor. No se trata tanto de que descubra en la película cosas nuevas, sino que la película descubre cosas nuevas en mí.

En realidad a eso es a lo que se reducen mis experiencias estéticas. Cuando algo realmente me gusta, cuando aquí hablo de esta o aquella canción, o de ese libro o poema o escultura o cuadro o película… El arte me deja exahusto, vacío, hueco. Absorbe el aire de mis pulmones como una bomba de vacío, me deja atontado y confuso. Me deja abandonado como un anciano tras un bombardeo, deambulando entre escombros, cegado por el polvo, tropezando con trozos de cosas que tenían sentido antes, pero que ahora están fuera de sitio, dados la vuelta, reventados de dentro hacia fuera. Supongo que a eso se reduce lo que tan prosaicamente ha venido a terminar llamándose síndrome de Stendhal. No es sólo la presión en el pecho, el nudo en la garganta y el ahogo interminable…

Es el deseo de morir.

Deténte instante, eres tan hermoso” decía Fausto. Goethe era bien consciente de esa experiencia. Cuando Fausto suplica al instante que se quede suspendido, cuando es testigo de la belleza, su misma súplica le condena, su ansia por atraparla es lo que pone su alma en manos de Mefistófeles. Goethe sabía que el extremo último del arte y de la belleza es la muerte, no como momento de dolor, sino de gozo. Uno no quiere vivir para siempre, como erróneamente pensaba Unamuno, en ese momento. Sólo quiere que todo lo demás se detenga. No es el ansia de inmortalidad lo que lleva al arte, sino más bien al contrario. Cada gozo es una pequeña muerte feliz. Y tras cada muerte sólo el deseo de la réplica.

Este pasado viernes tuve la inmensa fortuna de acompañar a Paula a visitar la magnífica exposición El Mito Perdido (obras de Igor Mitoraj), que ha recalado en Madrid a través de la mediación del recientemente inaugurado CaixaForum. Ella ya había tenido la oportunidad de contemplarla en un viaje hace unos meses, cuando estaba expuesta en Vitoria. Acabábamos de salir del teatro -fuimos a ver Ante la Jubilación, de Thomas Bernhard, en el CDN- y, abrumado como estaba por la representación, no fui consciente de lo que las esculturas de Mitoraj me estaban causando. Sus imágenes han anidado y han ido incubándose poco a poco y sólo hoy han salido a la superficie. Y ahora no queda parte de mí que no esté saturada de esa inmensa sensación de abandono y de pérdida, de nostalgia imposible por un tiempo remoto que, en rigor, no puede recordarse ni perderse porque nunca se ha vivido. La fragmentariedad, el resquebrajamiento, la hoquedad… El desierto espantoso que se respira ante sus esculturas alcanza un grado de refinamiento tal que es indescriptible. Además, Mitoraj juega con la iconografía clásica, a sabiendas de la enorme distancia que nos separa de lo clásico: los bronces clásicos nos han llegado, en su gran mayoría, con las cuencas de los ojos vacías por efecto del tiempo, pero su público contemplaba las obras policromadas y con ojos brillantes y hermosos. Las esculturas inmensas de Mitoraj carecen de ojos por decisión del artista: cuando miramos dentro de la oscuridad, entre los párpados de los colosos, carecen de ojos por su propia naturaleza, han nacido sin ojos, o están cubiertos por vendas inseparables de la piel. Han nacido ajados, rotos… Han nacido siendo ya escombros, restos de una explosión. La obra de Mitoraj es un ejemplo insuperable de postmodernidad bien entendida y eso es lo que la hace terrible, espantosa, horrible y mutiladamente bella.

(Es pronto aún para asegurarlo, pero creo que sobre esto volveré cuando avance algo más en mi lectura, recién comenzada, de The Road, de Cormac McCarthy. Ya veremos si estoy equivocado.)

Hasta entonces: si no habéis visto Blade Runner, corred a verla; si no conocéis la obra de Mitoraj, no perdáis oportunidad de conocerla; si no habéis leído Fausto, intentadlo (a mí me duele siempre que lo intento, pero lograré hacerlo bien algún día). Disfrutad (y, si es en buena compañía, aún con más motivo) de todas esas pequeñas muertes gozosas que hacen de la vida algo mucho mejor.

El próximo día, seguramente, Machado (otro escritor de la pérdida) y algunas otras cosas.