De la importancia de la ficción

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Descartes decidió salir a ver el mundo. Como narra en el comienzo de su Discurso del Método, quiso ver si todas las cosas que le habían contado acerca del mundo y sus gentes eran verdad, y le complació mucho averiguar que no lo eran y que quedaba en su mano forjarse la verdad acerca de ellas. Viajar y aprender idiomas, descubrió, eran las mejores maneras de derribar los tópicos. Así, no le quedó más remedio que echarse al agua.
 
En una de sus travesías, viajaba a bordo de un barco junto a un pasaje variopinto en el que se contaba un grupo de ladrones que le miraban desde la mesa de al lado durante la hora del almuerzo. El filósofo —cabe recordar su precavido lema: “CAVTE”— aguzó el oído y pudo escuchar que hablaban sobre él. Aquellos hombres, sabiéndole francés y creyéndole adinerado, discutían en holandés (treta que solían utilizar para enmascarar sus planes ante los extranjeros, raramente versados en el idioma) cuál sería la mejor manera de desvalijarlo. Uno de los ladrones proponía degollarlo durante la noche y luego arrojar su cuerpo por la borda para poder robarle sus pertenencias. Otro apostaba por estrangularlo y esconderlo bajo el catre. El tercero seguramente tramaba algo igual de truculento. Pero Descartes, que había aprendido el idioma estudiándolo en sus ratos libres, no estaba perdiendo detalle. Le invadió un justificado temor ante la posibilidad de no llegar al día siguiente. La comida terminó y aquellos hombres siguieron tramando, sin perder a Descartes de vista. 
 
Conforme avanzó el día, el filósofo fue inquietándose cada vez más, hasta que resolvió fingir que era hombre que gustaba de las peleas y la violencia, alardeando ante terceros —y aparentando no echarle cuenta al trío de ladrones, que lo escuchaba en la distancia— de trifulcas con resultado de muerte, de viajar siempre armado y de ser experto púgil. Comenzó, además, a comportarse como un lunático, con la esperanza de llegar a parecer peligroso; y, hasta tal punto logró su cometido, que los ladrones no solo decidieron dejarle en paz, sino que, además, llegaron a trabar cierta amistad, deseosos de oírle contar anécdotas sobre cráneos rotos en las tabernas de Francia.
 
Así fue, aproximadamente, como me contaron la historia. Fue hace mucho tiempo, así que no sé cuánto queda en esto de la anécdota; pero me gusta pensar que la mejor parte sigue siendo verdad.

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All that jazz

Cuando tenía diecisiete o dieciocho años leí On the Road y Rayuela y, claro, tuve la necesidad inaplazable de comenzar a escuchar jazz. Nadie en mi familia escuchaba ese tipo de música. Mi padre, es cierto, tenía álbumes de Gato Barbieri, de Grover Washington Jr. o de Chuck Mangione, músicos todos a los que tengo un gran aprecio, heredado del suyo. Pero difícilmente podía compararse aquello con el jazz que yo quería, que yo necesitaba escuchar sin demora. Pero, ¿por dónde empezar? No tenía la posibilidad, como la hubiese tenido ahora cualquier joven en mi misma situación, de acudir a Google y teclear “jazz”. Si lo hubiese hecho, mil fuentes distintas me podrían haber informado acerca de los grandes genios del jazz, podría haber visto sus interpretaciones clásicas en Youtube, podría haber preguntado a expertos en algún foro, podría haber rastreado miles de temas en iTunes o Amazon y, apenas un par de horas después, hubiera tecleado “jazz download”, y habría tenido una inmensidad inabarcable de estilos e intérpretes a mi disposición.

Privado como estaba de estas opciones, hice lo que sabía: fui a la tienda de discos de mi barrio y me compré un recopilatorio de Blue Note Records, con piezas de Bud Powell, de Miles, de Coltrane, de Art Blakey, Thelonious Monk o Horace Silver. Es decir: me gasté todo el dinero que tenía en un disco del que no sabía absolutamente nada, desconociendo si iba a gustarme o no. Lo escuché mil veces y fui anotando qué temas me gustaban más, quiénes los tocaban, quiénes formaban los conjuntos, en qué años estaban grabados, y así fui explorando poco a poco entre los discos de aquella tienda, buscando siempre cosas nuevas. Con el tiempo, fui desarrollando mi propio criterio, nacido de la paciencia y la inversión de tiempo y esfuerzo.

Me pregunto qué habría pasado si entonces hubiese tenido 300 Gb llenas de música. Quizás no les hubiese dedicado la atención suficiente, quizás el deseo de escucharlas todas habría hecho que no le dedicase el tiempo necesario a cada una, que no pudiese asimilar lo que escuchaba, como me pasa ahora. En cualquier caso, echo de menos ese requisito de tener que trabajar el gusto, de tener dedicarle tiempo y esfuerzo a algo, de no poder decir “déjame una semana y tendré todo lo que se debe tener de cualquier cosa”, que es exactamente lo que hago ahora cuando descubro algo que me gusta: acaparo todo lo que debo tener y luego ya veremos si tengo tiempo de escucharlo alguna vez.

Y, sin embargo, no renunciaría jamás a la facilidad del presente: esto no es una diatriba contra los males de la tecnología, es solo un ejercicio de nostalgia y, como tal, necesariamente también de autocomplacencia.

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El origen del jardín de piedra

Shonïn, el maestro japonés de Paul, uno de los protagonistas de Los meteoros de Michel Tournier, le dice:

«¿Por qué esculpir con un martillo, un cincel o una sierra? ¿Por qué hacer sufrir a la piedra y hundir su alma en la desesperación? El artista es un contemplador. El artista esculpe con la mirada.

(…)

El escultor-poeta no es un rompedor de piedras. Las playas de las mil cuarenta y dos islas niponas y los flancos de nuestras setecientas ochenta y tres mil doscientas veinticuatro montañas están sembrados de una infinidad de fragmentos rocosos y guijarros. Ahí está la belleza, ciertamente, pero tan disimulada y oculta como la de la estatua que vuestro escultor saca del bloque de mármol a golpes de martillo. Para crear esta belleza no hay más que saber mirar. Verás en los jardines del siglo X piedras elegidas entonces por geniales recogedores. Esas piedras tienen un estilo incomparable, inimitable. Sí, las playas y las montañas niponas no han cambiado desde hace nueve siglos. Los mismos fragmentos rocosos, los mismos guijarros se encuentran dispersos en ellas. Pero se ha perdido para siempre el instrumento para recogerlos, la mirada del hombre. Nunca más se encontrarán piedras como estas. Y lo mismo ocurre con cada jardín creado. Las piedras que lo habitan son la obra de una mirada que dejó las pruebas de su genialidad, pero se ha llevado consigo el secreto para siempre».

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Modernismos y posmoderneos

Muchos de los que leen, citan, adulan, nombran, venden, hinchan y aspiran a los posmodernos deberían tomarse la placentera molestia de leer antes a los simplemente modernos. Quizás entonces se darían cuenta de que más allá de la modernidad solo hay premodernidad, y que ese es precisamente el gran secreto de su oscuro éxito. El mecanismo de la modernidad consiste en dejar obsoleto todo aquello que no sea en sí mismo moderno y es por eso que todos los discursos de la posmodernidad suenan, a los oídos acostumbrados al temple imponente de lo moderno, anticuados, oscuros, perezosos, tristes.

Descubrimos, como dice C.F. Liria, que no hay un más allá del derecho que no sea la barbarie, ni un más allá del conocimiento que no sea la ignorancia. Tendremos que descubrir también que no hay un más allá de lo moderno que no sea lo antiguo.

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El principio del fin

El principio del fin comenzó cuando los hombres se enamoraron de sí mismos, cuando decidieron reemplazar las cabezas animales de sus dioses por cabezas humanas, cuando se vieron en compañía de dioses y cedieron a la tentación de prestarles su propio rostro.

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La pedagogía del millón de parados

Habla Santiago Alba Rico de lo que gusta llamar la pedagogía del millón de muertos, ese puñetazo en la mesa que el capitalismo siempre ha sido aficionado a dar cada vez que un proyecto político que intenta circunvalarlo llega al poder, ya sea mediante la insurrección o (como sucedió en la segunda república española) mediante unas elecciones libres. Este puñetazo funciona de manera relativamente sencilla: ante el amago mismo de operar políticamente, de operar primariamente mediante la política y no mediante el mercado, de obligar al mercado a someterse a la política, el capitalismo siempre supo apañárselas para dejarle bien claro a la población quién tiene la sartén por el mango y la manera más fácil de demostrarlo fue plantar un millón de muertos encima de la mesa. Ejemplos hay muchos, sobre todo en latinoamérica, de cómo se hace esto: golpe militar, represión brutal, gobierno dictatorial, implantación de los principios de la escuela de Chicago.

De esta manera, la gente aprende rapidísimo la lección que puede extraerse de las palabras de Pinochet al convocarse las primeras elecciones tras su dictadura: “aceptaré cualquier resultado, mientras no gane la izquierda”. Un millón de muertos, o de torturados, o de desaparecidos, es una herramienta pedagógica muy potente.

Esta pedagogía del millón de muertos, que aún asoma de vez en cuando en lugares como África (aunque allí sale más barato comprar el país y sus instituciones que pagar o entrenar a golpistas), no es tan fácil de llevar a cabo en el ámbito de los países profundamente capitalizados. Una guerra civil, un golpe de estado, una dictadura a plena luz del sol serían cosa incómoda y contraproducente en un espacio como Europa. Es por esto que el capital se las ha ingeniado para desarrollar una herramienta pedagógica igualmente potente, pero menos aparatosa: la pedagogía del millón de parados.

Ambas funcionan de manera análoga, pero donde aquella fabrica con precisión envidiable cadáveres, esta fabrica desempleados. Cada vez que un gobierno pretenda ejercer políticamente, cada vez que pretenda salvaguardar el estado de derecho por encima del mercado, cada vez que quiera imponerse por encima de las necesidades del capital, el conglomerado financiero mundial da un golpe encima de la mesa y ahí está: el millón de parados.

¿Quién necesita la brutal franqueza terrorista de Oliver North cuando se tiene la eficiente sutileza ecoterrorista de Moody’s, Standard & Poors o Fitch?

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Et omnia vanitas

Hay una suerte de vanidad enmascarada en el discurso que afirma que las opiniones son todas iguales: quien afirma tal cosa sin duda tiene su propia opinión en una muy alta estima. De manera que no se trata de igualar cualitativamente las diferentes opiniones entre sí («eh, tu opinión vale tan poco como la mía»), sino de elevar la opinión propia hasta el nivel de la de los demás («eh, mi opinión raya tan alto como la tuya»). Bajo esta petición de respeto para la opinión propia yace un acto de arrogancia inaguantable, puesto que quien afirma que todas las opiniones son iguales se reclama parte de una liga en la que no puede permitirse jugar.

Por supuesto, todas la opiniones valen poca cosa si de lo que se trata es de conocimiento: doxa (opinión) y epistéme (ciencia) son cosas por entero diferentes, cosas separadas por una distancia que se mide en naturaleza y no en grado. Pero quien afirma que todas las opiniones valen lo mismo suele hacerlo en temas en los que algunas de las afirmaciones no caen tanto del lado de la opinión, cuanto del grado de la discusión razonada. Y la discusión razonada tiene como horizonte de sentido la episteme, el conocimiento, de modo que sí hay diferencia entre unas opiniones y otras: algunas estás mejor razonadas que otras, algunas tienen más sentido que otras, algunas tienen un alcance explicativo mayor que otras, algunas son más fecundas que otras. Es gracias a estas diferencias que el intercambio de opiniones puede resultar fructífero, puesto que así los interlocutores pueden ir tomando diferentes posiciones acerca del asunto, en un progresivo acercamiento al acuerdo (no hablaremos ahora de la verdad por ser cosa que excede el propósito de esta entrada), un acuerdo que se basa precisamente en que hay opiniones mejores que otras.
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